Una ruta low-cost por Suiza en 5 días.

Viajar a Suiza es bastante caro, y hacerlo de un modo low-cost es complicado y bastante estresante. Pero como sarna con gusto no pica y hasta que no lo pruebas no lo sabes, hacer un viaje a Suiza con poco presupuesto es posible. Porque tienes que saber que se puede disfrutar de Suiza sin gastar un dineral. Aquí te explicamos cómo.


Voy a empezar este artículo remitiéndome a otro que ya publiqué semanas atrás, en el que explico qué me pareció Suiza y cómo nos las apañamos para visitar el país sin demasiado presupuesto (léelo aquí). En las líneas que ahora siguen lo que voy a hacer va a ser desengranarte nuestra ruta y explicarte, antes que nada, el porqué de la misma.

Voy a decirte aquí – y algún día escribiré un artículo donde me dedique solo a contar eso – que nuestro viaje a Suiza fue casi improvisado. En realidad no estaba en los planes principales visitar el país, pero al estar tan cerca – habíamos pasado ya por Alsacia y por la Selva Negra -, al sobrarnos tiempo y al ir en furgoneta decidimos – no sin antes haber llenado el depósito de gasolina – que qué mejor que invertir cinco días descubriendo el país helvético. Y así lo hicimos. Después de la Selva Negra – ah, y previo paso por Liechstenstein – nos metimos en Suiza.

Os engañaría si os dijese que no había fantaseado con adentrarme en Suiza cuando pensé en el viaje a Alsacia y la Selva Negra. En mi mente se dibujaba la imagen de cruzar la frontera – y apagar los datos rápidamente – para meternos en el pequeño país que es un paraíso – y no solo natural. Cuando conformaba la ruta me decía a mí misma que sería muy chulo poder visitar, por ejemplo, Basilea, y que igual si nos sobraba tiempo, yo qué sé, podíamos asomarnos a algún otro lugar. Así iba yo por la vida, meses atrás, más de doce, cuando pensé por primera vez en este viaje que tuve que anular por el tema Covid – pero que nos llevó a Galicia 😊

Como os digo, en mi mente – y sobre mapa – veía factible conocer algunos lugares de Suiza yendo desde Francia o Alemania, mi idea no parecía tan descabellada. Pero el viaje no era para mí, el viaje lo estaba montando para JJ – si no lo sabéis, nuestros regalos de cumpleaños son viajes – y no sabía qué le parecería a él. Claro, pensaréis, ¿qué le iba a parecer? Perfecto. A medida que él iba leyendo el itinerario que le había preparado en un cuaderno de viaje se dio cuenta que la idea de ir a Suiza pues igual no era tan chunga. Y así fue como al terminar con la Selva Negra – bueno, más o menos – , y todavía con 5 días de viaje por delante – más dos y medio para el regreso a casa – decidimos continuar nuestra ruta por Suiza.

En Gruyères…

No sería sincera con vosotros si os dijese que esto es posible en cualquier caso. No, a Suiza no puedes viajar de manera improvisada a no ser que lo hagas con una furgo y sin mucha planificación. Bueno, sí, puedes hacerlo si tiene mucho dinero; con pasta todo vale y todo es perfecto, pero a nuestro nivel económico un viaje a Suiza sin planearlo al milímetro y no yendo en furgo sería imposible. Por lo tanto, esta ruta que te presentaré ahora después puede que te sirva para planificar tu viaje, no sé si en furgo, en caravana, en coche o en tren, pero que puede darte una idea de lo que es Suiza aunque no subas ningún 3.000.

¿Cómo planeamos la ruta?

Como digo siempre, para improvisar en los viajes hay que ir muy estudiada ya de antes. A veces me preguntan que cómo conozco tantos lugares o cómo sé tanta información; mi respuesta es siempre la misma: me gusta viajar, pero más me gusta investigar sobre los viajes. Y así es como un día cualquiera no tengo mucho que hacer y me pongo a mirar lugares que me gustaría visitar – y que tal vez no pueda – o viajes que sé que podré hacer en un futuro pero no sé da la ocasión. Así es como en un pispás monto un viaje de tres días por Navarra con apenas unas horas de antelación o soy capaz de viajar a Suiza sin tener una ruta predefinida antes de haber llegado al país.

Sin rumbo fijo por Suiza.

Así, no había ruta preestablecida pero sí teníamos claro que lo más útil sería no complicarnos la vida y acercarnos a las ciudades, que siempre es lo más fácil de visitar. Disponíamos de 5 días completos y en esos cinco días íbamos a ir de norte a sur del país para salir a la altura de Ginebra. No teníamos claro lo de la viñeta, si la íbamos a necesitar o no, pero en mi mente – tan fantasiosa siempre – dibujaba unas carreteras de montaña buenas porque, a ver, si lo que vende en Suiza es la montaña, ¿cómo iba a haber mala carretera? Y así fue, entramos a Suiza, empezamos a subir y dijimos: con el tiempo que tenemos y nuestro tipo de viaje la viñeta no va a hacer falta.

Por lo tanto, nuestro plan de ruta fue carretera secundaria, sin viñeta y ciudades. Ah, y lo que nos encontrásemos por el camino, claro. La ruta, por lo tanto, quedó así:

Ruta de 5 días por Suiza

Día 1 – Alt Sankt Johann, Zurich y Türlersee

Entramos a Suiza con la idea concreta de ir a Lucerna. Partimos de Vaduz, capital de Liechtenstein y tomamos la carretera que nos marca el GPS Garmin que tenemos desde hace 10 años y al que casi ya no le damos uso porque vamos con el teléfono, pero siempre llevamos con nosotros por si las moscas. Y así es como este GPS de 10 años nos va a guiar por Suiza sin ningún tipo de problema.

La carretera secundaria suiza.

Nada más entrar en Suiza empezamos a subir metros por una carretera de montaña con algunas curvas pero en muy buen estado, y llegamos a altos realmente preciosos, con los pastos verdes, los picos de las montañas al fondo, las casitas típicamente suizas salpicando todo el monte, gentes trabajando con tractor y muchas vacas paciendo. El cliché suizo se cumple, ya desde el principio, a la perfección.

Nuestra pretensión es comer algo de lo que llevamos preparado, así que buscamos un sitio cerca de la carretera donde poder parar y prepararnos la comida. Acabamos parando en Alt Sankt Johann, desde donde parten teleféricos que te llevan hasta altos picos para hacer rutas de montaña, pero que nosotros no haremos porque no vamos preparados para ello. Y no nos importa, porque en realidad estamos curioseando lo que es Suiza.

Ahí, en Alt Sankt Johann descubrimos que en Suiza hay espacios para hacer barbacoas, con leña y todo, y que en los ríos – y como en Asturias – puedes refrescar la sidra. En este lugar, uno de los más codiciados de la Suiza Oriental para practicar turismo de naturaleza, comemos y descansamos para después seguir nuestro camino hacia la meca del capitalismo: Zúrich.

La carretera es buena aunque vayas por la montaña, y el mero hecho de transitar es una delicia. Las vistas son increíbles y se repite el mismo patrón que antes. La cosa se complica cuando vas llegando a Zúrich y tienes que rodear el lago, que al final del viaje, y después de muchos lagos – ya lo veréis – se va haciendo pesado.

El lago se ve impresionante a lo alto, y Zúrich está construida entre el río, el lago y la ladera. Para más inri en el centro de la ciudad hay una competición deportiva que la tiene cortada, por lo que debemos desviarnos del itinerario que marca el navegador y meternos, de forma intuitiva, por otras calles. En ese momento me veo conduciendo entre ferraris, lamborghinis, tranvías y bicicletas en un caos circulatorio tremendo. Por suerte para mí es domingo y el aparcamiento gratuito, y puedo estacionar muy cerca del centro de la ciudad, si es que podemos decir que Zúrich tenga centro.

Estacionado el vehículo en Zúrich comenzamos a caminar sin rumbo y vamos hacia el lago, donde vemos a unos artistas callejeros que se están ganando la vida y nosotros nos quedamos allí a escucharlos. Lo primero que me sorprende de la ciudad es la diversidad de gentes que hay, desde personas que sabes que tienen un montón de pasta a otras que intuyes que son como tú. A pesar de la rabia que me dé todo el sistema del que Zúrich es abanderada el ambiente de la urbe me gusta, me hace sentir cómoda, al menos sí en esa parte o en ese momento.

No tenemos pensado qué ver en Zúrich – como tampoco lo tenemos pensado en otras ciudades -, solo vamos a callejear, subir a la colina, ver la ciudad desde una orilla del rio, desde la otra, desde esta punta del lago y todo lo que se tercie. En Zúrich lo que sí hacemos es convencernos de que Suiza es carísima, y más cara es esta ciudad donde una hamburguesa te cuesta 20€ y una cerveza roza los 10.

Allí vemos también navajas suizas de 300€, una bicicleta eléctrica de 24.650€, unos zapatos horribles que cuestan casi 1.500€ y otras muchas cosas a precios desorbitados que no nos podemos permitir – ni ganas.

La bici de 24.000 euros.

Zúrich me parece bonita, agradable, muy limpia – claro, con todo el dinero de los negocios sucios del mundo, como para que no esté como una patena… – y muy silenciosa, como será toda Suiza. Sus edificios me gustan, elegantísimos, pero el tema del lago me agobia porque me parece muy incómodo. Esa tara la traigo y de Constanza…

Puedes pinchar aquí si quieres saber qué puedes hacer en la ciudad (enlace externo).

En Zúrich estamos unas horas, aunque Zúrich da para mucho más, pero para ello necesitas invertir tiempo y dinero, pero es una ciudad ideal si te gusta el diseño y la vanguardia. Sin duda allí estarás en tu salsa.

Y salimos de Zúrich, y no de manera fácil porque siguen habiendo cortes en la ciudad por la competición deportiva. Pasados los suburbios regresamos a la comodidad de la carretera secundaria Suiza y vamos sumando kilómetros a la ruta de 5 días por Suiza que tiene como finalidad principal ser un viaje iniciático – y casi estudio de campo -, pero también el de llevarnos a casa.

Haciéndose ya oscuro, al punto del atardecer, paramos en Türlersee, un pequeño – y pongo en cursiva porque lo de pequeño es relativo – lago nada transitado, solo algunos lugareños bañándose y haciendo barbacoa. Nosotros no seremos menos: no nos bañaremos pero tenemos una salchicha alemana que a la brasa seguro está buenísima. Y así es como termina nuestra primera jornada en Suiza: comiendo salchicha alemana a la brasa sentados alrededor de un lago precioso. Nada mal.

Türlersee

Día 2 – Lucerna, Interlaken y Thun.

El día amanece nublado. Los picos de la montaña se esconden tras las nubes y no podemos ver algunas de las estampas más conocidas de toda Suiza. La verdad es que nos da igual porque nosotros estamos allí de rebote, muy tangencialmente, y el mero hecho de descubrir un nuevo país y de esa manera es ya un gozo. Nuestra pretensión ese día es ir a Lucerna y, después, ya veremos.

Así, llegamos a Lucerna y vemos la realidad del aparcamiento en Suiza: no hay zona que no sea de pago, ni barata tampoco – esto te lo cuento ya en el artículo iniciático sobre Suiza que te he enlazado más arriba. Por lo tanto, y como en todos los sitios vale lo mismo, decidimos dejar el coche lo más céntrico posible. Por suerte Lucerna – o su centro histórico – es lo suficientemente reducido como para no tener que invertir mucho tiempo en él, y el mero hecho de pasear por sus calles es una gozada.

En este momento es cuando nos damos cuenta que nuestras visitas a las ciudades van a ser al estilo crucerista porque estaremos poco tiempo en ellas y casi nos tocará correr. La limitación del aparcamiento, ya sea por el precio o por el tiempo que te permiten aparcar, es un problema, y tampoco queremos arriesgarnos a que nos multen – que lo hacen. Nuestras visitas a las ciudades suizas, y eso será tónica general, no será como nos gustaría, ni tampoco como las solemos hacer normalmente. No podremos disfrutar de ellas tomando una cerveza en una terraza – todo carísimo – ni comiendo algo típico de allí, pero eso ya lo sabemos de antemano. Lo que no sabemos es que nos tocará estar tan poco tiempo por lo que os hemos dicho, y por eso tal vez acabemos pasando por tantos lugares.

La cuestión, que llegamos a Lucerna, aparcamos – podemos pagar en euros, porque no tenemos moneda suiza en nuestro haber – y nos vamos hacia el centro de la ciudad. Lucerna es bella bellísima, aún con el día nublado y la lluvia amenazando. El puente Kapellbrücke y la torre Wasserturm son las señas de la ciudad y su carta de presentación, pero no solo eso ya que su casco histórico, de dimensiones reducidas como he dicho, es un compendio de viviendas con las fachadas decoradas, de esas que esperaba toparme en la Selva Negra y que no supe encontrar.

Lucerna es amor a primera vista, cómo no va a serlo con el puente cubierto que es el más antiguo de Europa, construido en el siglo XIV. Es que ya solo por eso vale la pena llegar a Lucerna. JJ goza como un enano caminando por sus calles de aire medieval y yo me vuelvo loca disparando fotos a todas y cada una de las fachadas que me voy encontrando. Lo único malo es que nos toca correr porque solo tenemos una hora puesta en el parquímetro – es lo máximo que te dejan – y aquello parece un sprint. Qué lástima tener que visitar una ciudad así.

Pero aunque tenga prisa me permito pasarme por la oficina de turismo de la ciudad, que se encuentra en la estación de tren, y preguntar qué puedo hacer de camino a Berna, que va a ser nuestro siguiente destino. Al chico le digo que viajamos sin viñeta y que no tenemos recorrido fijo, así que él me recomienda que pasemos por Interlaken. Gran idea, es lo que pienso, así que de Lucerna saldrá una excursión a Interlaken.

Preciosa Lucerna.

Nuestro paso por Lucerna será corto, pero el tuyo puede ser más largo, ínformate aquí.

Sí, y en Lucerna me dejo el león. Es que viajar así, pensando en los tiempos de este modo, es muy estresante. Serán muchas las cosas que me deje por visitar en Suiza, ya os aviso.

Y de Lucerna nos vamos a Interlaken, y empezamos a subir metros otra vez. No, no vamos a Pilatus, además de ser carísimo hay nubes y el chico de la oficina de turismo me dice que no va a valer al pena porque no se verá nada. Le agradezco la sinceridad desde aquí – y que me mostrase la ruta hasta Berna con el Google Maps.

El camino hacia Interlaken nos permite parar a los pocos kilómetros, y antes de empezar con la carretera de montaña, en una gasolinera con vistas donde vamos a comer nuestros callos de lata del día. Desde ahí seguiremos hasta Interlaken y al poco rato, entre nubes, lluvia – ¿o será la niebla? – y montañas imaginadas nos toparemos con la vista panorámica de Lungerersee, un lago no tan grande como otros pero que desde las alturas es de una belleza excepcional.

Seguimos la ruta y acabamos llegando a la zona de Interlaken. Por Interlaken se conoce a una ciudad que hay entre dos lagos – qué agudo el nombre – pero también a la zona que conforman el Brienzersee y el Thunersee, dos lagos enormes que parecen mares y que son uno de los puntos turísticos más visitados de toda Suiza. Claro, alrededor de Interlaken puedes hacer miles de cosas en la montaña, pero son cosas muy caras que nosotros no nos podemos permitir, así que nos dedicaremos a admirar la belleza de la montaña, de los lagos, y de los pueblos en los que no pararemos porque, oh, sorpresa, te cobran un dineral por estacionar el vehículo solo un momento.

Llegamos a Interlaken.

Sí, en este punto comenzamos ya a desesperar porque nos damos cuenta que las principales atracciones suizas no están hechas para nosotros. Bueno, desesperar tampoco, pero no pensábamos que tuviéramos que pagar en cada uno de los pequeños pueblos que había diseminados, en este caso, alrededor de lo que se conoce como Interlaken.

Y sí, allí encuentras el Open Air Museum Ballenberg, un museo al aire libre que se encuentra en Brenz (aquí tienes el enlace) y que es un compendio de construcciones típicas suizas de todos los cantones, llevadas hasta allí a finales de los años 70 del siglo pasado y que hoy conforman un museo. El precio de entrada al museo al aire libre es de 28CHF, así que si te apetece visitarlo… nosotros no lo hacemos. Mínimo presupuesto.

Continuamos conduciendo por la rivera del lago y allí vemos algunas de las casas suizas más bonitas hasta el momento – después veremos casa aún más bonitas. Lo cierto es que las construcciones que hay alrededor de Interlaken son una pasada, allí se ve lo típicamente suizo aunque, claro, no en medio de la montaña – aunque sí lo veremos después. Allí hay pueblos bonitos, muy bonitos, en los que detenerse cuesta dinero. Sí, aparcamiento en todos lados o 40€ de multa. Que entiendo que te hagan pagar para aparcar porque aquello está sobresaturado, ya a finales de junio, pero los precios son muy altos – incluso siendo Suiza, que me lo dicen los suizos.

Estampa suiza.

En cambio, en otros lugares, piensan en el visitante – o tal vez es que los visitantes sean menos – y te dejan unos minutos de aparcamiento gratuito, como es el caso de Ringgerberg, donde puedes estacionar el vehículo 15’ gratis, y te da tiempo a ver las ruinas del castillo – gratuito – la pequeña iglesia y las vistas que desde allí hay, donde en un día sin nubes disfrutarás de las montañas y el lago, y que con las nubes no pierde encanto sino todo lo contrario.

Desde lo alto del castillo de Ringgerberg.

Continuamos hasta llegar a Interlaken, ciudad que no tiene mucho interés como bien nos han advertido en la oficina de turismo de Lucerna. A Interlaken la gente va para quedarse y hacer diferentes excursiones, pero no es una ciudad bonita que te apetezca visitar – aunque intuyo que sí es agradable. No damos ninguna vuelta por Interlaken, pagar aparcamiento por diez minutos no nos apetece, así que vamos al lugar que nos han recomendado en esa misma oficina de turismo que acabo de mencionar.

El lugar en cuestión es Lauterbrunnen, conocido por su cascada que cae encima del pueblo, más o menos, y que supongo que dependiendo de la época del año llevará más agua o menos. No estoy segura si el lugar que vamos a visitar es el mismo que he visto anteriormente cuando accedíamos a la zona de lagos, y desde el puerto de montaña. No lo tengo claro, pero Lauterbrunnen mola… a lo lejos.

Dicen que Lauterbrunnen es el pueblo más bonito de Suiza…

Lauterbrunnen es un sitio lleno de hoteles y tiendas de recuerdos en una zona natural preciosa. Claro está que para aparcar tienes que pagar, y si no lo haces o pierdes el billete del aparcamiento te van a cobrar 120 euros para sacar el coche de donde está estacionado. Por suerte en ese lugar se puede pagar con tarjeta de crédito, así que creo que pagamos una hora y nos vamos hacia la cascada,

A la cascada de Lauterbrunenn puedes subir andando, y pongo en cursiva el verbo «subir» porque en realidad no llegas a la cascada, sino que atraviesas la ladera de la montaña después de haber ascendido por un buen número de escaleras, pasado por una especie de agujero oscuro, subido más escaleras – esta vez excavadas en la roca – y haberte cruzado con un montón de gente, llegas a un espacio húmedo y oscuro que se abre al exterior mediante unos agujeros en la roca. Sigues andando y piensas que vas a tener la caída de la cascada encima pero lo que haces es llegar al final del agujero, húmedo y oscuro, y percibes apenas unas cuantas gotas de agua que se precipitan desde lo alto. La cascada de Lauterbrunenn, que tiene por nombre Staubbachfall, se ve desde fuera, pero no desde dentro. O no se ve a finales de junio, y las caras de todas las personas que allí subimos para verlo lo confirman.

Eso es todo, amigos.

La cosa está en que lo de asomarte por dentro – que solo se puede hacer en verano porque en invierno el hielo lo impide – no vale la pena, pero llegar hasta el pueblo de Lauterbrunenn sí., ya que es muy bonito – no tanto como para ser el pueblo más bonito de Suiza como leo en algunos lugares. Es, además, un lugar desde el que parten múltiples rutas, de las más conocidas en Suiza porque se encuentra en la región del Jungfrau. A nosotros el lugar nos parece precioso, muy a pesar de las nubes que no dejan ver las montañas. No sufro por ello, no creo que sea la única vez que viaje a Suiza…

Si te apetece, puedes visitar Jungfrau en tren.

Y de allí, corriendo porque se nos acaba el tiempo de aparcamiento, continuamos con nuestro viaje por Suiza hasta llegar a Thun, una ciudad increíble que ya desde la carretera te deja sin aliento. Después de una hora de viaje desde Lauterbrunenn vemos a lo lejos como despunta la fortaleza blanca de esta ciudad que se encuentra en el cantón de Berna. Tenemos suerte, llegamos ya bien adelantada la tarde y el aparcamiento gratuito – y sí, te digo que si planificas visitar los lugares a partir de las siete de la tarde te ahorrarás el aparcamiento – hace que tengamos más tiempo para visitar la localidad.

Bueno, eso pensamos porque nada más llegar al centro de la ciudad se pone a llover sin piedad. La tormenta es terrible pero por suerte Thun tiene unas aceras elevadas cubiertas, una especie de puente al estilo Lucerna, que nos permiten que nos cubramos. Además, allí hay unos chavales surfeando el río Aar que nos entretienen bastante. La lluvia no cesa y hace un frío tremendo. Yo tengo miedo de resfriarme porque ahora un resfriado es susto seguro, y tengo que cuidarme la voz que al regresar me toca concierto, así que damos un paseo rápido por la ciudad cuando la lluvia remite y de allí nos vamos con la idea que Thun es, sin duda, uno de los imprescindibles de Suiza.

Y así, más o menos, terminará nuestra segunda jornada completa por Suiza. Es una lástima que el mal tiempo no nos deje disfrutar del todo les paisajes impresionantes de este país, pero en realidad el lugar, con las nubes cubriéndolo todo, tiene también encanto. Ah, y en ese momento me doy cuenta que Suiza es, sin lugar a dudas, un parque temático de los deportes de aventura.

Día 3 – Berna, Friburgo y Gruyeres

El día despierta frío. En este viaje estamos teniendo temperaturas que van de los 38 grados centígrados a apenas 13. Cada día es una aventura en esto de saber qué va a ponerte a la hora de vestir, o si vas a tener que añadir más capas a las que ya llevas. Ese día, como digo, refresca, así que nos tapamos un poco y buscamos un lugar donde poder desayunar. Encontramos un Lidl, donde venden cafés calientes a 1 euro y nos lo tomamos para empezar la primera visita del día.

Es nuestro tercer día de viaje, pero en total llevamos ya más de una semana – pensad que hemos estado en Alsacia y la Selva negra – por lo que ya sabes qué tenemos que llegar al siguiente destino. Empezaremos por Berna y no vamos a rompernos la cabeza en eso de aparcar. Dejaremos el vehículo lo más céntrico posible porque vamos a pagar lo mismo en el centro que en las afueras. Así, llegamos a esta preciosa ciudad suiza – mi preferida de todo el viaje, ya puedo decirlo aquí – y dejamos el vehículo. Bueno, o eso intentamos.

Hasta este momento no hemos necesitado francos suizos, los aparcamientos los hemos pagado bien en euros o bien con la tarjeta pero, ¡oh!, al llegar a Berna o pagas el aparcamiento en francos suizos o no puedes aparcar. Las casualidades de la vida hace que justo en ese momento un grupo de gente de España no sepan de qué va eso del sistema de aparcamiento suizo en el que se descuenta el tiempo en la máquina y no es necesario que pongas el papelito en el salpicadero – te lo explico en el artículo introductorio a Suiza – y JJ se lo explica. Él les dice que no tiene francos suizos y ellos dicen que sí tienen, que se lo cambian por euros. JJ les da dos euros, ellos dos francos suizos, y el pico que le falta para la hora – creo que son unos 20 o 30 francos suizos – se los da un señor suizo que pasa por allí. Y así es como tenemos exactamente una hora para visitar Berna. Ni un minuto más, ni un minuto menos.

¿Es suficiente tiempo el de una hora para visitar esta ciudad? Pues bueno, un buen paseo por su casco histórico sí puedes dar. Berna es una ciudad pequeña, pero es una ciudad preciosa. Kramgasse es la calle principal en la que encuentras los tres hitazos de la ciudad: la fuente con la estatua del oso, o Zähringerbrunnen, la Torre del Reloj, o Zytgloge, y el apartamento donde residió Einstein en durante su estancia en la ciudad. Las dos primeras atracciones son gratuitas, la tercera no – bueno, ver la fachada sí – y cuesta 6 CHF. Nosotros no la visitamos, pero sí nos metemos en el café – sin tomarnos nada – y pienso en esos años en los que Einstein, junto a su esposa Mileva, desarrolló la teoría de la relatividad.

Berna es impresionante. Esos casi 6 kilómetros de arcadas (o Leuben) son sorprendentes. La más medieval de todas las ciudades suizas que visitaremos – sí, más que Lucerna – es una delicia para quienes, como nosotros, gustan de pasear por calles históricas. El color de la piedra, las fuentes, las torres, la Catedral de Berna es también preciosa, con esa impresionante portada policromada representando el Juicio Final.

Una hora no es suficiente para visitar Berna, y es que tiene museos interesantes, con la mayor colección de obras de Klee, y la ciudad invita al descanso. Pero con una hora no se puede hacer mucho, y con un presupuesto tan ajustado tampoco, así que después de un paseo de una hora tenemos que salir de la que será para mí la ciudad más bonita de Suiza: Berna.

Seguimos nuestro camino y vamos hasta Friburgo – la suiza, en la alemana hemos estado ya unos días antes – donde se habla francés y tiene también un casco histórico medieval bien conservado, una bonita catedral, pero no tiene tanto encanto como Berna.

Fiburgo es bonita, pero lo es más a lo lejos. Su estampa impresiona más desde la lejanía y no tanto en la cercanía. Eso no quiere decir que no sea chula, para nada, pero es más fotogénica que otra cosa. En Friburgo, y teniendo que pagar el aparcamiento también en francos suizos, cambiamos 30€ por casi 30 CHF. Otra vez disponemos de poco más de una hora para dar un paseo por la ciudad. Qué poco me gusta visitar ciudades de este modo, pero no hay otra. Ya sea por el tiempo de aparcamiento, o ya sea porque no podemos permitirnos muchas cosas en Suiza, en las ciudades estamos poco tiempo.

La Catedral, los restos de la muralla y las fachadas del siglo XV son los atractivos principales de Friburgo. Habiendo sido una de las ciudades medievales más grandes en el pasado, hoy mantiene el recuerdo esplendoroso aunque las calles, un día de junio, están poco animadas – menos que Berna, por ejemplo.

Es hora de comer y tenemos hambre. Los tres días que llevamos por Suiza nos han enseñado que para poder comer tranquilamente lo que llevas de picnic tienes que salir de las vías principales o, mejor dicho, de los destinos turísticos principales – porque por vías principales no transitamos. Así, nos desviamos un poco de la ruta para encontrar un lugar donde poder montar la mesa para comer y prepararnos los manjares enlatados que son nuestro alimento esos días.

Sin quererlo, y sin saberlo, vamos a parar Marbachegg, un lugar que no conocemos pero vemos algo de una gruta en una señal y se nos ocurre que tal vez allí haya un sitio donde dejar la furgo y poder comer. Así es y así lo hacemos, y a lo de gruta no le hacemos más caso. No le hacemos más caso hasta que me pongo a hablar con un lugareño – en francés, el hombre hace todo lo posible por comunicarse – y me pregunta que si hemos venido a ver la gruta, como tantos otros españoles. Yo le digo que ni idea de la gruta y él me dice, sin más explicación, que vaya, que es muy bonita. Camino los 200 metros que me separan de ese lugar tan misterioso y cuando llego me encuentro con una capilla dedicada a la Virgen de Lourdes.

¿Lourdes en Suiza?

Pero… ¿qué narices es aquello? Hay un montón de placas de agradecimiento en español, también en portugués. Yo flipo en colores y regreso a la furgo. El señor sigue allí – un hombre ya mayor que trabaja limpiando el bosque – y le pregunto la razón por la que existe esa especie de santuario dedicado a la virgen de Lourdes en mitad de Suiza. El señor me da una explicación categórica: uno que fue a Lourdes y dijo «yo quiero una en mi pueblo», la construyó y ya. Me quedo muerta y sigo hablando con él. El señor intuye mi cara de sorpresa y acabamos hablando de lo diferentes que son España y Suiza. Me desea unas felices vacaciones y yo le deseo que termine bien la jornada. Nos subimos a la furgo y nos vamos hasta nuestro siguiente destino, saltándonos un par que tenía apuntados por despiste de una servidora – Murten, básicamente.

En nuestro camino hacia el sur, buscando salir de Suiza al día siguiente, llegaremos a uno de los hits suizos, al menos si nos referimos a pueblos bonitos. Sí, si nos sitúas geográficamente, sabrás que el pueblo al que me refiero es el que lleva por nombre el de un queso, y ese pueblo es Gruyères. No hay persona que no visite Suiza y no pase por Gruyères. Bueno, igual exagero; mejor decir que mucha de la gente que visita Suiza visita también Gruyères. Normal, el pueblo es una cucada, con su castillo blanco, su plaza amplísima, sus foundés carísimas y el Museo Giger de Alien.

La estampa del pueblo a lo lejos es preciosa, con ese aspecto de la fortaleza que sigue siendo y las montañas a lo lejos. Aparcar, como ya han pasado las siete de la tarde, es gratuito. Llego a Gruyères con la esperanza, entonces, de tomarme una foundé, porque me pirra el queso y quiero darme un capricho. Sopiler: no tomaré ninguna foundé.

Dejamos la furgo y ascendemos un poco hasta llegar a la entrada del pueblo. Gruyères es una preciosidad, pero es también un lugar muy pequeño. Una calle, la plaza enorme, subes hasta la fortaleza y antes de llegar… Alien en Gruyères. A estas alturas ya sabrás que en Gruyères existe el conocido como el Museo HR Giger, creador de Alien, quien gano en el año 1980 un Óscar por la película. El señor lo que hizo fue comprar el castillo de Gruyères y montarse un museo temático de Alien. Allí está para que lo visites, previo pago de 12,5 CHF – y si lo encuentras abierto, porque a las 7 de la tarde ya está cerrado.

La verdad es que mola mucho llegar a ese pueblo medieval, cruzar una antigua puerta de piedra y encontrarte a mano derecha con elementos muy característicos de Alien y a la izquierda ese bar futurista en el que no puedes hacer fotos si no consumes pero al que puedes acceder libremente y ver lo molón que es – y escuchar la tremenda música que ponen.

A mí el sitio me parece bestial, aunque no acceda al museo. El contraste entre el pueblo medieval y lo futurista de Alien y Giger es una mezcla de esas que a mí me gustan. Y la música que sale de las paredes/osario del bar, que no tiene desperdicio.

Seguimos explorando el pueblo, que se ve pronto, paseando por las murallas. Tengo la esperanza de probar una foundé pero mi gozo en un pozo porque son todas carísimas y mira, no. Nuestra idea principal es quedarnos por Gruyères a dormir pero saldremos de allí. La búsqueda de una noche tranquila nos lleva hasta Rossinière, un pueblo precioso a 930 metros de altitud en el Pays d’Enhaut del que no tenemos noticia hasta que llegamos allí.

Lo cierto es que el trayecto entre Gruyères y Rossinière es una maravilla. Los paisajes son verdaderamente preciosos y los pueblos que te vas encontrando por el camino son una chulada, ya menos turísticos – o menos turistificados – que los anteriores.

Rossinière, por su parte, es un pueblo que guarda decenas de chalets centenarios, esas casas de madera con las fachadas talladas y pintadas que tanto se repiten en Suiza, pero no como en Rossinière. El más espectacular de todos los chalets de Rossinière es el conocido como Grand Chalet, donde vivió el pintor Balthus, y que tiene una fachada con 113 ventanas. En la parte más baja del pueblo, y entre frondosa vegetación, se encuentra esta increíble – y misteriosa a la vez – construcción que es hoy en día propiedad privada y no se puede visitar – nosotros nos encontramos a la dueña paseando acompañada de un montón de perros.

El pueblo mola más allá del Grand Chalet, y es que tiene una multitud de edificios construidos en madera durante los siglos XVII y XVIII. Además, esos días se celebra una fiesta conocida como el Reinado de los Gatos, en los que las representaciones de estos felinos se reparten por todo el pueblo. Más allá de lo hecho por el ser humano, los Alpes a esa altura de Suiza son increíbles y el entorno no tiene desperdicio.

En esta zona acabará nuestro día, el número de tres de viaje por Suiza.

Día 4 – Alrededores de Léman

Empieza el cuarto día de viaje fresco, como el anterior, aunque no tanto. Continuamos por los Alpes Vaudoises para llegar hasta Léman. El trayecto, como la tarde-noche anterior, es increíble; los paisajes siguen siendo maravillosos. Las montañas, altas y verdes, despuntan a lo lejos, y los pueblos pequeños, granjas y vacas – hemos visto más por aquí que en ningún otro lugar de Suiza – nos acompañan durante el trayecto que dura menos de lo que nos hubiese gustado.

Llegamos finalmente de nuevo – y de forma irónica – a la civilización. Dejamos atrás la tranquilidad de la montaña y los pueblos pequeños para adentrarnos en la vorágine que define a los grandes lagos suizos. Léman, ese lago casi mar infinito y enorme, está rodeado de ciudades muy conocidas y es un destino turístico internacional. Nuestra pretensión ese día es llegar hasta Ginebra pero antes vamos a rodear Léman haciendo algunas paradas ineludibles.

La primera parada importante, aunque no vayamos a visitar el castillo – el presupuesto, como siempre, definitivo en estos casos – es el Castillo de Chillon, el que dicen es el monumento más visitado de Suiza. A lo lejos el castillo se divisa desde la rivera del lago, y no es tan atractivo – bueno, el entorno – como cuando estás allí.

Lo bueno del castillo de Chillon es que tiene aparcamiento gratuito con el círculo azul – también te he hablado de él en el artículo introductorio sobre Suiza – y eso nos permite estar algo más relajados en nuestro paseo por los alrededores. A pesar de no visitar su interior, pararte en el castillo es imprescindible.

Desde allí nos vamos hasta Montreux, con la motivación principal de, claro, ver a Freddie junto al lago. No se celebra aún el Festival de Jazz – aunque ya se está preparando – tenemos la suerte de llegar a la hora de comer – sobre las 12 del mediodía – por lo que no pagamos aparcamiento. Tenemos dos horas para disfrutar de Montreux, y las aprovecharemos comiendo una ensalada de oferta del supermercado a orillas del lago con la estatua de Freddie Mercury frente a nosotros.

Después de comer buscamos la entrada a Queen: Studio Experience, una exposición que se encuentra en el Casino de Montreux, antiguos Mountain Studios, que fueron comprados por la banda Queen en el año 1978 y donde grabaron sus discos hasta el año 1995.

En el año 2013, y de la mano de Brian May – guitarrista del grupo –, se inauguró este espacio museizado en el que se exponen objetos originales del grupo, como letras, instrumentos y vestimentas, y donde puedes acceder – aunque sin los aparatos originales – a la sala de estudio donde se grababan los discos – y sonorizar al grupo. Una experiencia que disfrutarás si eres fan de Queen, pero también si no lo eres. Y gratis. Gratis en Suiza. Hay que aprovecharlo.

Apuramos los últimos minutos de aparcamiento y continuamos la ruta, siempre acompañados a nuestra izquierda por el Lago Léman y a nuestra derecha por los viñedos Lavaux que son patrimonio de la Humanidad. Por viñedos no será en este viaje, eso os lo puedo decir.

Llegaremos a la penúltima ciudad que visitaremos en Suiza, Lausana, una ciudad que nos permite aparcar de manera gratuita con el disco azul, pero que sus dimensiones y su arquitectura no acaban de gustarnos. Ahora bien, la Catedral de Lausana no tiene desperdicio.

Sin ninguna duda, de toda la ciudad de Lausana lo que más nos gusta es su templo principal, uno de los más impresionantes del gótico, construida en el s. XIII. Esta catedral es de lo poco que queda de medieval en Lausana, pero vaya vestigios más alucinantes. Sin duda Lausana, solo por su catedral, merece ya la pena.

Desde ese punto de la ciudad se divisa el lago y los Alpes Saboyanos, ya en Francia, y bajar es interesante, pero no lo haremos hasta la orilla del lago. El centro histórico de Lausana es agradable aunque no nos parece especialmente bonito, y compramos pan, queso y cerveza en un Aldi para tomarlo a la sombra de los árboles en una de las plazas de la ciudad. Salimos de ella para buscar lugar para dormir, muy difícil allí, pero que acabamos encontrando. Nuestro cuarto y penúltimo día por Suiza llega a su fin.

Día 5 – Ginebra y fin de fiesta

Nuestro último (medio) día de viaje por Suiza lo vamos a pasar en Ginebra. Lo primero que hacemos esa mañana es irnos hasta el CERN para hacer una visita que acaba siendo guiada.

La Organización Europea para la Investigación Nuclear se encuentra entre Francia y Suiza y es el centro más importante para la investigación en ese campo de la física que hay en el mundo. Visitarlo es también gratuito, así que no hay que perder la oportunidad.

Investigadores de todo el mundo sueñan con trabajar en el CERN, y miles de estudiosos trabajan in situ, pero también desde muchas partes del mundo, para seguir comprendiendo de dónde venimos y cómo hemos llegado hasta aquí. Sin ir más lejos, en el CERN se confirmó la existencia, en el año 2012, del Boson de Higgs, una partícula fundamental para explicar el universo en el que vivimos.

Para comprender el CERN es imprescindible pasarse por su exposición, no tanto hacer la visita guiada que está limitada a 24 personas, solo tiene 3 pases al día, y que debes reservar de forma presencial como máximo 2 horas antes de que empiece. Si vas a la de las 10 tendrás que estar a las 8, si vas a la de las 12 tendrás que estar allí a las 10, si vas a las de las 14 tendrás que estar allí a las 12 y si vas a la de las 16 tendrás que estar allí a las 14. Entonces son, como veréis, 4 las visitas guiadas que puedes hacer por el CERN durante todo el día. Que no puedas reservar de otro modo tiene una razón de ser: había mucha gente que se inscribía por internet – al ser gratis, y así ha seguido siendo desde los inicios – y después no se presentaba.

La visita te lleva hasta la parte del Atlas, pero no lo visitas, claro; la radioactividad no lo permite. Un investigador te hace una ruta explicándote cómo funciona el centro – en inglés – y después ves un documental que no te cuenta nada nuevo si has visto la exposición. El guía te sigue contando cosas – en inglés – y acabas viendo como trabajan los investigadores del CERN – eso sí mola.

De camino al Atlas.

¿Vale la pena hacer la visita guiada al CERN? Bueno, depende lo que te interese lo que se hace en el CERN. A mí, personalmente, sí me gustó pero, como siempre digo, es que la filosofía no está tan lejos de la física – o al revés.

Después del CERN nos metemos en la ciudad de Ginebra. Nos hubiera gustado visitar la sede de la ONU pero es que te cobran un dineral por entrar, así que ahí se queda la ONU. Cobrar por visitar una institución… manda narices. Ni nos acercaremos.

En Ginebra aparcamos en una zona gratuita gracias también al círculo azul – don’t miss the blue circle! -, por lo que tenemos la esperanza de visitar la ciudad de manera más tranquila. Bueno… Tranquila si la lluvia nos deja – que ya os digo que no.

Ginebra nos sorprende. La ciudad que vio nacer a Rousseau – aún puedes pasar por su casa natal – y que soñó como espacio perfecto para su proyecto de filosofía política, es una ciudad abierta al mundo, tolerante, y el más bello lugar para vivir según Borges. Allí se creo la Cruz Roja – también puedes ver dónde muy cerca de la catedral – y se convirtió en bastión del protestantismo con Calvino.

Si de protestantismo hablamos, debemos referirnos irremediablemente a la Catedral de San Pedro de Ginebra, la catedral de los protestantes. Los protestantes no aceptan imágenes en sus cultos, así que en esta catedral vas a ver sus paredes desnudas y eso a mí, personalmente, me mola.

La Catedral domina el centro histórico de la ciudad, que va entre lo medieval y no sabría decir bien qué, pero lo que sí tengo claro es que es muy bonito. Encontrarte con el recuerdo de Rousseau, Borges y también Saussure no tiene desperdicio. Pero tampoco lo tiene bajarte hasta el lago e ir al Jet d’Eau, esa fuente inmensa que se divisa muy a lo lejos, desde las montañas del Jura, desde las laderas que rodean el lago Léman.

Esa parte de Ginebra, ciudad cosmopolita, es muy agradable. El Reloj de las Flores es uno de los símbolos de la urbe por simbolizar el buen hacer relojero de los ginebrinos. También hay torres medievales, puentes que salvan el Ródano que llega hasta el lago, y tiendas carísimas.

Ginebra es bonita y agradable, pero Ginebra es cara. El ambiente, aún con lluvia feroz, es animado. No es de extrañar que tantos intelectuales la hayan soñado. Nosotros la soñaremos también porque no podemos vivirla, nuestro presupuesto no nos lo permite. Y con ese pensamiento nos marchamos de Ginebra y, con ella, dejamos atrás Suiza después de cinco días de viaje improvisado por el país.

Ay Ginebra, ay Suiza, qué bonito todo pero…

Nos toca decir adiós a Suiza. Auf Wiecersehen. Au revoir. Addio. Ade.

Volveremos. O no.

Y para acabar…

Puede que después de haber leído este relato hayas llegado a la conclusión que la ruta es un poco precipitada o desordenada, o tal vez que es imprecisa y que se salta lugares muy conocidos. Puede que pienses todo lo contrario y se adapte como anillo al dedo a tus gustos, intereses, necesidades o posibilidades. En este segundo grupo es donde nos encontramos nosotros, y del segundo grupo en el cuarto de los casos: esta ruta por Suiza es la que se adapta a nuestras posibilidades. También a nuestros gustos, pero no los abarca todos.

Escogemos visitar todas las ciudades suizas porque es lo más fácil con un presupuesto bajo. A pesar de tener que pagar todos los aparcamientos del mundo, este modo de viajar nos permite pasar cinco días en el país gastando un total de 200€ – y porque la gasolina va muy cara.

Claro está que el viaje a Suiza no cuesta eso, pero claro está que la excursión a Suiza se engloba en un viaje mayor que nos lleva por países vecinos. Como os digo al principio del artículo, la coyuntura nos hace decidir meternos en Suiza. Pagando la gasolina necesaria – que repostaremos en Alemania a casi dos euros el litro – y lo poco que gastaremos en aparcamiento y comida en supermercados, el viajar a Suiza cinco días nos saldrá bien barato.

Lo bueno de visitar estas ciudades es que las catedrales son todas gratuitas, y ya sabéis que a nosotros nos encanta visitar catedrales. Es un gustazo no tener que pagar por ellas – odio pagar por visitar iglesias – y son monumentos importantísimos que merecen la pena el viaje. El resto de monumentos, museos o atractivos turísticos suelen ser de pago, pero casi todas las ciudades son preciosas y vale la pena pasear por ellas.

Respecto a los pueblos, en los más turísticos tienes que pagar también para aparcar. En los menos no. No tienes que pagar, por ejemplo, en Rossinière, y merece mucho la pena ser visitado. De hecho, si te apartas de los centros turísticos más manidos puedes visitar lugares preciosos y sin pagar un duro. Ese es el caso de Türlersee o el Pays d’Enhaut. Suiza va mucho más allá de los grandes picos de montaña, los trenes carísimos y los lagos sobresaturados.

Estas vistas, de momento, no se pagan.

De Suiza no me gusta todo, como por ejemplo el sistema que siguen, tampoco me gustan todas las construcciones alrededor de los lagos, de los grandes lagos, que se comen todo el encanto del lugar. Tampoco me gusta que todo sea de pago, o que se pague tan caro. Sí, el nivel de vida es más alto, pero es caro hasta para los suizos.

De Suiza sí me gustan sus paisajes, las gentes con las que puedo hablar, y que no se escucha una mosca cuando caminas por al calle. Siendo yo tan mediterránea y tan efusiva, Suiza ha hecho que domine mis pasiones y que deje de hablar alto. Mis cuerdas vocales – que me dan a veces de comer – me lo han agradecido. Quienes me acompañan en la vida creo que también.

Apuntar otra cosa: no creo que sea posible hacer una ruta por Suiza gastando tan poco si no viajas como nosotros, esto es, con una furgo o similar. Lo que sí puedo decir es que puedes minimizar los gastos si sigues nuestros consejos.

También quiero decirte que, y como he repetido a lo largo de todo el artículo, me hubiese gustado visitar Suiza de otro modo. En realidad hubiese querido quedarme en las ciudades más tiempo, visitar sus museos, tomarme algo en un bar. Eso es imposible con un presupuesto ajustado, y es por eso que nos las apañamos comprando la bebida fresca en los súpers y tomándola en los bancos de las ciudades o de los pueblos. A falta de pan buenas son tortas, y la necesidad agudiza el ingenio.

Y no sé qué más decirte sobre Suiza que no haya dicho ya. Ah, ¡sí! Te he dejado un montón de enlaces a lo largo de todo el artículo, enlaces a la página oficial de turismo para que puedas organizar la ruta a tu gusto. Este itinerario no pretende sr definitivo sino solo un ejemplo de lo que se puede hacer en Suiza durante 5 días. Espero que nuestra experiencia te sirva de ayuda para, como siempre, construir la tuya propia.

Y hasta aquí nuestra aventura por Suiza. Espero haberte, como mínimo, entretenido con el relato. Recuerda siempre disfrutar del camino.

Una filósofa y un politólogo que amana viajar y lo hacen a pesar de los pocos recursos que tienen. Viajar es más que un capricho, viajar es una necesidad y aquellos que somos pobres en un primer mundo de opulencias tenemos derecho también a realizar nuestros sueños viajeros. Porque los pobres también viajamos.
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6 pensamientos en “Una ruta low-cost por Suiza en 5 días.

  1. Como he comentado en otra entrada relacionado con Suiza, se agradece ver consejos sobre como viajar de forma relativamente económica a un lugar que es bastante caro.

    Nos da esperanza a los «pobres» de poder disfrutar de unas merecidas vacaciones sin que eso nos suponga dar un ojo, un riñón y partes de los otros.

    Me lo apunto para alguna ocasión en la que vaya a visitar la antigua Helvetia

    1. Me alegra que te sirva.

      Nosotros nos metimos en Suiza casi por despecho, porque ya estábamos allí y dijimos «a ver qué pasa». La experiencia fue buena, pero también muy reveladora. Al final hay que intentar hacer las cosas y nosotros hacemos lo que podemos con los medios de los que disponemos. Espero que puedas visitar este país algún día, que es carísimo, pero siempre puedes ingeniártelas para llegar allí con un presupuesto bastante limitado.

      Gracias de nuevo por leerme.

  2. Me encantó tu artículo. Llegué a el buscando información sobre suiza que fue tambien improvisado aunque algo menos qué el tuyo ya qué yo llevo dos adolescentes. Lo nuestro fueron 9 días y las impresiones fueron similares. Solo u apunte para los «pobres» en Ginebra y Berna los museos son gratuitos y en ginebra me encantó la maison tavel tambien gratuita muy cerca del ayuntamiento. Espero sirva de ayuda a gente qué visite este estupendo pais. Decir que como era verano que lleven cantimplora las fuentes son frecuentes el agua es fresca y purisima. Un saludo

    1. Muy interesante tu apunte. Claro está que con dos adolescentes es bien complicado improvisar; el ser solo dos, a nosotros, nos da ventaja (de otro modo no podríamos hacer este tipo de cosas).

      A Ginebra llegamos un domingo y estaba todo cerrado. El agua es magnífica, aunque en los supermercados (y contrariamente a lo que creíamos) comprarla embotellada no era tan caro. Ahora… una vez salías a la calle… ¡prepárate!

      Gracias por leerme, por comentar, y por contar tu experiencia.

      Un abrazo.

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