Un paseo por las Tierras Altas de Soria

Siempre que voy a Soria pienso lo mismo: aquella primera vez que viajamos a la provincia y que nos dijeron «a qué vais a Soria si allí no hay nada». Es la tercera vez que voy a Soria y volvería muchas otras veces. En esta ocasión le ha tocado a las Tierras Altas, para mí de lo más bonito que he visto en esta provincia, de momento. En este artículo te voy a explicar nuestro paso por las Tierras Altas de Soria, un recorrido que tiene un día de duración y que se queda corto para todo lo que la zona ofrece.


Llegamos a Soria de rebote, tan de rebote como todo lo que nos está sucediendo desde que viajamos en la Agrovan. La libertad que te da movete en un vehículo que es a la vez vivienda – improvisada – no se puede explicar con palabras. Hay que probarlo alguna vez en la vida y ver si te compensa perder comodidad – aunque no necesidad – y ganar libertad. En el caso nuestro, en el que los recursos son los que son, ser capaces de adaptarnos a un modo de viajar como este – y tan particular como el nuestro – ha sido todo un acierto.

La cosa está en que nos desplazamos hasta Trasmoz para presenciar al fiesta de la Luz de las Ánimas que se realiza el último fin de semana de octubre, el más próximo al 1 de noviembre – claramente, vaya tontería acabo de escribir – y aprovechando que habíamos hecho tres horas y media de camino, y sabiendo que teníamos un día libre entero (el domingo, porque el sábado, día de las Animas en Trasmoz, lo teníamos libre a medias) pensamos que estaría bien dar una vuelta por el Moncayo.

Sobre Trasmoz lee un poco más aquí.

El que os acabo de explicar muy brevemente en el párrafo anterior es el plan que teníamos inicialmente en mente. La cosa cambió cuando claro, y con toda la gente que había en el pueblo de Trasmoz ese último sábado del mes de octubre de 2022, pensamos que lo mejor sería ir con la música a otra parte y no dormir allí. No era por falta de espacio, y aunque el área de pernocta de caravanas – donde dormirnos el año pasado – estaba hasta los topes – y cómo no en ese día – había otras zonas habilitadas donde se podía dormir. Pero a nosotros nos apetecía estar un poco más tranquilos y, bueno… que en realidad la otra opción para dormir era Ágreda, en Soria, y la cosa estaba en que sin decirlo en realidad nos hacía ilusión volver a Soria después de un par de años, pero ocho después de aquella primera vez. Así, desde Trasmoz nos marchamos a Ágreda – ya habíamos estado allí en nuestro primer viaje – y pasada la una de la madrugada llegamos a una zona de caravanas enorme, preciosa, llena de árboles, y en la que había un montón de sitio. Allí dormimos y allí nos despertamos, entre árboles altísimos con las hojas de color dorado.

Área de caravanas en Ágreda.

Si te interesa nuestro primer paso por tierras de Soria puedes leer los artículos aquí.

Después de dar un pequeño paseo por la zona de pernocta de caravanas en Ágreda y asearnos nos fuimos al centro de la localidad a desayunar. El recuerdo que tenía de Ágreda – y así lo escribí en el blog – era de un lugar que no me había emocionado demasiado. Cierto es que la ciudad de Ágreda está muy modificada, pero el patrimonio que guarda es de renombre, pero aquella vez iba buscando otra cosa y lo que encontré en Ágreda no me satisfizo. No tenía muy claro qué iba a pasar esta segunda vez.

Una ruta por las Tierras Altas de Soria

Ágreda

Para ser exacta, Ágreda no pertenece a las Tierras Altas, pero debo incluirla en la ruta porque nuestra excursión parte de allí, y casi diría que gracias a que dormimos y desayunamos allí. Y gracias a que decidí pasarme por la oficina de turismo.

Ágreda es una localidad en la que habitan unas 3.000 personas, y es la capital de la comarca conocida como Tierras de Ágreda. Se la conoce como la ciudad de las tres culturas por guardar todavía hoy vestigios del paso, antaño, de judiós, árabes y cristianos. No puedo decir que Ágreda sea un lugar muy monumental, porque los sitios de interés están dispersos por la localidad, pero cierto es qeu lo que hay es muy interesante.

Por nuestra parte no hay intención de visitar Ágreda ese día, en realidad solo queremos desayunar. Nos vamos hasta la plaza principal y allí encontramos una panadería pastelería cafetería abierta, asi que nos metemos dentro y pedimos dos cafés con leche. Antes de pedir algo para acompañar y remojar en el café una señora, muy viva ella, nos dice que debemos hacerle caso y tomar un rollo de Todos los Santos, que es lo típico de esos días. Como a la gente mayor hay que hacerle caso cuando debe hacérselo, pido para acompañar a los cafés con leche un rollo de Todos los Santos. El acierto es máximo. Gracias a la señora de Ágreda por recomendarlo.

Desayunamos con tranquilidad y nos salimos a la plaza, y yo veo el letrero de la oficina de turismo. Ya es raro que haya oficinas de turismo abiertas a esas horas de la mañana. Nosotros somos mucho de dar vueltas por ahí, y darlas por lugares que no tienen grandes dimensiones. Por desgracia muchas veces encontramos cerrado donde pueden darnos información – en los sitios que la hay, que no son todos, porque eso vale dinero y no todos los pueblos tienen dinero para permitirse una oficina de turismo permanece – y a veces la información que nos dan suele ser escasa. Eso, también voy a decirlo, pasa en lugares de gran tamaño, en ciudades más bien grandes, donde te muestran lo esencial y ya. Siempre recordaré cuando accedí a la oficina de turismo de una ciudad española muy conocida, un poco al sur, y al preguntar qué había por ver en los alrededores me dijeron otra cuidad que es bien conocida. Nada mas. En un minuto me despacharon. Eso no es lo que me va a pasar en Ágreda.

Ágreda.

Como digo, accedo a la oficina de turismo de Ágreda y pregunto un poco por la zona. Digo que tengo pensado ir hasta Magaña – en el pueblo hay castillo y si no lo sabéis, nos encantan los castillos. La chica me dice que bien, que a las Tierras Altas, y empieza a explicarme cosas. Me comenta que de Magaña no debo ver solo el castillo, que es lo que la gente hace, sino que debo dar también una vuelta por el pueblo, que tiene construcciones de piedra y es bonito. Me explica otras cosas, como los pueblos sin gente que hay allí, pero que algunos tienen trampa porque no es que estén deshabitados sino que no hay ninguna persona censada, y en verano las gentes se acercan a pasar unos días allí. Me dice también que los sí hay verdaderos pueblos despoblados – vaya contradicción… – pero que para acceder a ellos debes ir con la hoz quitando hierbajos del camino. Me comenta que podría visitar alguno de esos pueblos, entre los que se encuentra Sárnago, muy cerca de San Pedro Manrique, a unos tres kilómetros.

Aquí haré un inciso que va más allá de las Tierras Altas, porque ya conocía de antemano la existencia de lo que voy a contar, pero jamás no le he hecho uso – tampoco en esta ocasión, aunque he estado a punto. Se trata de la plataforma Museos Vivos, que intenta dar vida a lugares en los que los recursos no son suficientes para tener una persona trabajando de guía – ojalá no tener hacer uso de plataformas así, también lo digo – pero quieren dinamizar el territorio. Es el caso de Sárnago, este despoblado soriano que tiene un museo etnográfico al que accedes haciendo uso de la plataforma que os acabo de mencionar. El funcionamiento es sencillo, solo necesitas un correo electrónico y ya está. Nosotros pediremos el acceso pero al final no podemos ir – hay que tener en cuenta que es gratuito – por circunstancias que ahora después os explicaré.

Cierro el inciso y continúo con la historia de Ágreda, que está en el punto de descubrir muchos lugares desconocidos para mí. Al final salgo de la oficina de turismo con un montón de información y de lo más motivada. Damos un paseo por la localidad visitando algunos de los puntos de interés y ponemos rumbo a Magaña, el primer lugar de nuestra ruta por las Tierras Altas de Soria. Bueno, no.

Trévago (o Trébago)

De camino hacia las Tierras Altas, y partiendo desde Ágreda, el camino se vuelve interesantísimo. Siguiendo el camino que lleva a Soria, a la altura de Matalebreras debes virar a la derecha y dejar la carretera principal para meterte de lleno en la Soria rural y más auténtica, también – y posiblemente – más olvidada.

Soria tiene eso que muchos pregonan pero pocos albergan: lo rural verdadero. La vida de pueblo, de tierra, sudor y trabajo, de polvo y olvido, está en esa parte de Soria. No, no quiera ser esto nada despectivo, todo lo contrario. Siempre digo que quien me conoce o me lee de seguido comprende que lo que cuento es con toda la buena intención del mundo, pero es difícil conocer las intenciones de las personas sin contextualizar cuando hay de por medio solo letras. Es muy complicado conseguir que no se malinterprete lo que una lanza al aire, por eso es necesario justificar de continuo lo que se piensa.

A lo que voy, Soria es tremenda por todo eso, por ser polvo y ser sudor, por ser olvido. La sensación de estar en la ruralidad más profunda te invade nada más dejar carreteras más o menos anchas y ponerte a transitar por vías estrechas que surcan como un corte fino campos de cultivo inmensos. Los pueblos, pequeños pueblos, núcleos de población diminutos, empiezan a salpicar el paisaje. Uno allí, otro allá. 10, 15 casas. Piedra, hierbajos, campanarios y alguna torre. Antaño Soria era rica, muy rica. Hoy en día… bueno, ya lo sabemos.

Entre esos pueblos solitarios, solos, sin gente casi, encontramos Trévago (o Trébago, lo encuentro escrito de las dos formas), que se vislumbra a lo lejos por despuntar su torre medieval que junto a la iglesia que data del siglo XV conforma lo más destacado de la localidad. La torre data del sigo IX, y fue mandada construir por Abderramán III, siendo una de sus últimas edificaciones. Por la zona encontrarás muchos ejemplos defensivos de la época construidos por Abderramán III, y es que iba levantando atalayas, castillos y fortalezas para anticiparse a los ataques de los cristianos.

Este pequeño pueblo en el que hoy habitan – o hay censadas – poco más de 60 personas, tuvo una población de más de 400 en los años 30 del pasad siglo. A partir de los años 60 la gente empezó a marcharse – como en casi todo el medio rural español – y hoy en día, pues eso, son los que son.

Parar para ver la torre es casi obligatorio, también para ver la iglesia – por fuera, porque está cerrada – y dar un pequeño paseo por el pueblo. El paseo no se alarga mucho, el lugar es muy pequeño.

Desde Trévago se divisa esa Castilla tan cruda pero fascinante. Las llanuras se desparraman pintadas de un color pardo a finales de un otoño no demasiado fresco, como playas sin mar y sin gente. Hay surcos en la tierra, hendiduras que como arrugas marcan los campos y les dan una memoria fugaz. Hay que seguir el camino hacia el siguiente destino, que es Magaña. Atrás queda Trévago con su imponente torre y su calma impuesta.

Magaña

Magaña y su castillo aparecen por sorpresa tras unas cuantas curvas. La fortaleza, en ruinas pero todavía a día de hoy muy fotogénica, conforma la imagen más conocida de este pueblo – para aquellos que lo conocen. A la derecha, y viniendo de Trévago, el río con colores de otoño acompañándolo.

Magaña es una buena carta de presentación para lo que va a ser nuestro viaje improvisado por las Tierras Altas. En ese momento creemos que va a ser corto, pero más adelante nos daremos cuenta que necesitas invertir algo más de tiempo – más es mucho más – para disfrutar de esa zona de Soria.

Por lo que respecta a la localidad de Magaña, cabe decir que lo más destacado, y como he mencionado más arriba, es su catillo del que hoy solo podemos ver su caparazón. Es una de las fortalezas más importantes de tipo señorial del siglo XV en Soria.

De origen bereber (entre los siglos IX y XI), parece que llegó a contar con tres murallas. Hoy en día podemos apreciar la torre del homenaje, a modo de cubo central, rodeada por dos recintos almenados – y recordemos que falta el supuesto tercero.

El castillo está en las condiciones que está, recordemos que estas fortalezas que tenían como función defender el territorio eran abandonadas una vez dejaban de ser útiles. Aún así es interesante subir hasta lo alto del lugar y disfrutar del caserio de Magaña a nuestros pies que en otoño está rodeado de vegetación amarillenta.

De Magaña, el pueblo propiamente dicho, debo decir que es un pueblo muy atractivo por sus construcciones en piedra, rudas y fuertes, pero también por las escuelas y el edificio del ayuntamiento, casas de indianos que destacan a la entrada de la localidad viniendo por Fuentes de Magaña. De indianos se llaman porque Buenaventura Herrero, un señor de la ciudad, se fue a por fortuna a las indias. Al regreso construyó dos edificios que hoy en día – y también en aquellos tiempos – rompen por completo con la estética del pueblo. Ah, ahí encontrarás un bar que tiene precios muy competitivos. No comimos en él porque todavía era pronto, pero casi.

Es interesante también la iglesia de San Martín de Tours, de origen gótico, o la Ermita de la Virgen de Barruso.

Las carreteras cortadas

Nuestra intención es llegar hasta San Pedro Manrique pasando por Fuentes de Magaña, también por Valdelavilla y acercarnos hasta el pueblo abandonado de Sámago (como os he explicado en la parte introductoria de este artículo). Resultará imposible hacer esto porque la carretera está cortada justo a la salida del pueblo y de camino a Fuentes de Magaña y tendremos que dar un rodeo importante para llegar hasta San Pedro Manrique.

Lo que iba a ser un viaje de unos 25 minutos se convertirá en un trayecto de más de tres cuartos de hora y hará que no podamos visitar, entre otras cosas, Sárnago. Esto no será lo único que suceda ya que después de comer y queriendo ir hasta Valdelavilla veremos como también está la carretera cortada en San Pedro Manrique y perderemos bastante tiempo hasta que no encontremos un modo de llegar al pueblo donde se rueda la serie «El Pueblo». Así nuestra ruta quedará reducida no tanto por el tiempo sino porque acabamos de entrar justamente en horario de invierno y empieza a oscurecer a les 6 de la tarde. Eso será una lástima tremenda porque se nos quedarán muchos lugares interesantes por ver. Ah, y no olvidemos la tremenda tormenta que cae a las 4 de la tarde. Pero no adelantemos acontecimientos.

Llegar hasta San Pedro Manrique sin pasar por Fuentes de Magaña

Como digo, la carretera está cortada. Nos toca dar un par de vueltas a ver hacia dónde vamos y por qué camino. Sobre mapa – el que nos han dado en la oficina de turismo de Ágreda – percibimos que vamos a tener que alargar un poco el viaje, y no tenemos muy claro cuánto nos va a costar llegar.

La cobertura telefónica, en ese punto de Soria, es inexistnte. Una vez sales de Magaña – ¿conectado por satélite?- desaparece todo tipo de comunicación. Sí, y por las moscas – como siempre y en Suiza nos fue utilísimo – llevamos el GPS viejuno, un Garmin de más de 10 años que se llevaron mis ahorros de unos cuántos meses. Buena inversión aquella, sí, tantos años después – y cuando internet es el amo de todo, si funciona.

Lo que digo es que sobre mapa nos damos cuenta que tenemos que dar una buena vuelta para llegar a San Pedro Manrique, pero nos han pintado todo tan bien que no vamos a cambiar los planes. Así, nos metemos de lleno por las tierras aradas de las Tierras Altas, los pueblos diseminados, pequeños, casi sin gente, los campos extensísimos, las carreteras infinitas y una altura que sobrepasa los mil metros y que es un llano estupendo.

Carretera estrecha, algunas curvas al frente. Pasamos por Villarraso o La Losilla. Nos detenemos unos minutos en Aldeaseñor porque llama la atención ese castillo, esa torre que despunta a lo lejos como punzón entre el llano, una especie de faro apagado que señala como chincheta que Soria está allí.

Aldeaseñor.

Subimos el puerto, bajamos un poco. Llegamos a la altura de Oncala porque hemos perdido minutos por el camino y vamos directos a San Pedro Manrique. Lo de no poder visitar Oncala – donde se rodó Total – será una espina que tendré que quitarme en algún momento de mi vida. Mejor en otoño, por su acebal.

San Pedro Manrique

En realidad nosotros llegamos a San Pedro Manrique con la intención de comer. Siendo ya la una del medio día, pensamos que al tener mayor tamaño que el resto de localidades lo de la restauración será más abundante. Puedo decir que sí, lo es, pero no en demasía.

Siendo hora del vermú y domingo, que mejor que meternos en un bar y tomar una caña y unos torreznos. En Soria hay que probar los torreznos, hay que comerlos, disfrutarlos. El torrezno es tan simple pero tan potente… y qué buenos y qué diferentes los torreznos en Soria. Que alguien me diga a qué se debe.

Después del torrezno me acuerdo que hay que ir a la oficina de turismo de San Pedro Manrique; eso es lo que me ha dicho la chica de Ágreda y le hago caso. Nos vamos andando por el centro de la localiad y nos metemos de lleno en la parte histórica de este pueblo que es más grande que menos. Llego a la oficina de turismo, pasada la una y media de la tarde. Cierra a las dos. El chico que trabaja – en otro lugar creo que me comentan que se llama Pedro – está 20 minutos de reloj explicándome todas las bondades de esa tierra que entiendo es también su tierra. Si la experiencia en Ágreda ha sido buena en San Pedro Manrique no será menos. Salgo con ganas de comerme todas las Tierras Altas de Soria – metafóricamente hablando – y dándome cuenta que no vamos a ver casi nada de todo lo que hay. Sin dolor: ya volveremos.

Nos dirigimos de nuevo a la plaza donde están los dos bares de la localidad mientras traslado a mi compañero de viajes, JJ, lo que me ha dicho el chico de la oficina de turismo sobre San Pedro Manrique. Que esta localidad fue tierra de frontera, lindando con el reino de Navarra (solo un poco más arriba, y en la actualidad, nos encontramos ya con La Rioja). Antes que San Pedro Manrique fue de Yanguas, per cambió su nombre por el señor que se quedó con las tierras, Diego Gómez Manrique. A este señor, de Amusco, los reyes católicos le concedieron el ducado de Nájera. El pueblo cambió de nombre.

Durante la época de la Mesta San Pedro Manrique era Manhattan. O Londres. No, perdón, Londres es Oncala, en el año 2598. La cosa es que durante la Mesta, como digo y que me lío, San Pedro tenía 4 parroquias, se construyeron palacios que eran de los ganaderos de la Mesta. San Pedro se conectaba con La Rochele por la lana y a día de hoy una calle todavía lo recuerda. El comercio de la lana hizo rica a Castilla, y murallas y palacios pueblan las localidades hoy en su mayor parte olvidadas. Tanto fue así que la lana merina fue llamada oro blanco.

Pero las cosas se acaban, y aquello acabó. No tanto las tradiciones, como la de San Juan, cuando en la ermita de la Virgen de la Peña los sampedranos dan un breve paseo por una alfombra de ascuas al rojo vivo que antes fueron madera de roble. Ese día es importantísimo para San Pedro Manrique, y en la oficina de turismo tienes un museo dedicado a él. Puedes acercarte también hasta la ermita y ver el espacio que a modo de anfiteatro es escenario de esa tradición ancestral.

Un poco más allá de la ermita está el cementerio y la derruida iglesia de San Miguel con su torre que se mantiene a duras penas en pie. Ahí, en ese lugar, es donde siguiendo el hilo argumental de Total – sí, va la peli de Cuerda, la primera de la trilogía – tiene lugar la resurrección de Herminio. El lugar es bonito, pero llena de tristeza. A la iglesia no se puede acceder, pero sí al cementerio y asomarte un poco y ver cómo la maleza se come las bóvedas góticas semiderruidas.

El castillo de San Pedro Manrique está un poco más allá, perteneciente a los duques de Nájera, pero de él queda bien poco – aunque desde allí tienes una buena panorámica del pueblo. Es una lástima que encontremos la parroquia de San Martín de tours, con la portada románica del siglo XII. No pasa nada, nos vamos al bar a comer.

A Soria se va a mucha cosas. A disfrutar de lo más puramente rural, a sentir el vacío, el silencio, a respirar aire puro, y a comer bien. Aprovechando que en Soria hay icnitas a tutiplén – y que tampoco tendremos tiempo de visitar por todo lo que estoy contando -, deciros que me zampo un bistec que creo que es de brontosaurio.

Bien comidos, con la panza plena, queremos ahora visitar Valdelavilla. Pero, ¡ay!, las obras de la carretera. No sé si estaremos como una hora buscando el modo de llegar. Al final lo lograremos, pero habremos perdido un tiempo precioso.

Valdelavilla, el pueblo de El Pueblo o Peñafría

Lo de visitar Valdelavilla viene de lejos. Habrá quien haya visto la serie El pueblo, una ficción que tiene como argumento el de unos urbanitas que se van al monte, a un pueblo que suponen abandonado, a hacer cosas de urbanitas en pueblos. Vamos, que piensan que vivir allí será fácil y todo cambia cuando se encuentran con gentes allí viviendo (no llegan a 10). Su sueño de ecoaldea se trunca por los habitantes del lugar, pero no solo por ellos. Cuando pasan los días ven que el monte no es todo orégano, que la vida rural es dura y se dan cuenta que los tomates no salen de la tierra por arte de magia, como los hombres en Amanece que no es poco.

Nosotros, habiéndonos criado en un pueblo, trabajado la tierra desde pequeños – sí, en vacaciones lo que se hacía aquí era ir a recoger aceitunas, almendras, algarrobas o a la granja a pencar – y viviendo de de ella en la actualidad, vemos las situaciones muy cómicas y lo pasamos muy bien con la serie. Así, decidimos acercarnos hasta Valdelavilla.

Visitar Valdelavilla es gratis, no así meterte en las viviendas, que solo se consigue mediante visita guiada, que son 8€ y que están muy cotizadas. Pero no es necesario adentrare en las viviendas para disfrutar de aquel lugar. Tampoco es necesario haber visto la serie – aunque añadirás curiosidad si lo has hecho – para ver que aquel lugar es muy bonito y está en un entorno privilegiado.

Antes de ser escenario de la serie El Pueblo, Valdelavilla o, como lo llaman en la ficción, Peñafría, fue complejo para estudiar inglés, hotel, pero también un pueblo de verdad que quedó abandonado. Fue en el año 1968 que este pueblo se quedó sin gente; la última familia se marchaba y Valdelavilla moría.

Aunque no moría del todo, porque las gentes que habían vivido en Valdelavilla no querían que el pueblo perdiese toda la vida. Así, se funda la Asociación de Antiguos Moradores y Valdelavilla respira un poco más. Después se arregla el pueblo, se restaura, y se convierte en complejo turístico rural. En el año 2001 pasa a ser una academia de inglés, después la gente irá a casarse allí y ahora, y como os he dicho, es un escenario de grabación.

Lo que es Valdelavilla, a mis ojos y como visitante independiente, se puede traducir en un pueblo muy bien cuidado, muy bien reformado, y que se encuentra en un entorno privilegiado. Antes de llegar allí y de tener nuestras primeras impresiones sobre lo que es el núcleo urbano, comentamos que la naturaleza allí es impresionante. También son impresionantes las curvas y la carretera que inevitablemente desciende hasta una especie de valle. Nos preguntamos cómo deben hacerlo los camiones de la productora para llevar todos los bártulos allí. También pensamos que si vas con un vehículo más grande que menos – una buena caravana, de esas que son como una casa – se va a complicar tu camino. Piensa que para llegar a Valdelavilla tendrás que conducir por una carretera estrecha, empinada y con muchas curvas.

Pero vale la pena todo esto, porque el pueblo es bonito, y la serie se percibe fácil ya que están las viviendas y los lugares identificados. Aunque ya te he dicho que esto es lo de menos, porque Valdelavilla vale la pena sin la necesidad de ser Peñafría.

Valdelavilla, a.k.a Peñafría.

El paseo no se extiende mucho en el tiempo, nuestro paseo, porque el pueblo se ve rápido, pero también porque el cielo se ha vuelto negro y empieza a llover. No nos marcharemos de Peñafría, quiero decir, Valdelavilla sin comprar un queso protocolario -literal – que es en realidad de la quesería Tierras Altas que se encuentra en San Pedro Manrique.

¿Ha valido la pena ir hasta allí? Sin duda, aún y con el tiempo que hemos perdido para encontrar un camino que nos llevase allí estando la carretera cortada.

Aldealcardo, el pueblo abandonado

La lluvia se apodera de todo. Rachas de agua violentísimas nos atacan desde el cielo y la conducción se complica. Suerte que allí hay poco tránsito y que la carretera está en buen estado. Algo de de granizo arremete contra nosotros y a la altura de Aldealcardo el cielo se abre de nuevo y los rayos de sol, tímidos, se asoman entre las nubes espesas. Será cuestión de parar en este lugar hoy en día abandonado.


De Aldealcardo me hablan en la oficina de turismo de San Pedro Manrique, y allí me cuentan que en los años 60 las tierras que estaban dedicadas a la agricultura y ganadería pasan a ser, y por orden del ministerio, zonas de pinar para explotar las plantaciones. Las gentes, que antes vivían de lo que la tierra les daba, se quedan sin trabajo y tienen que marchar. Las poblaciones, poco a poco, van perdiendo a sus habitantes y hoy en día hay una treintena de localidades como Aldealcardo en las que ya no vive nadie.

En la dirección que vamos, desde San Pedro hacia el norte, Aldealcardo queda a la derecha, y una señal indica el camino, bastante empinado y en un estado deplorable. Todavía hoy se perciben restos de lo que fue una carretera asfaltada, pero lo que ven nuestros ojos y sienten las suspensiones del vehículo son los agujeros provocados por las inclemencias atmosféricas y un paso del tiempo implacable.

Adealcardo nos recibe cubierto de maleza. Lo que parece una sola calle está abrazada por el fantasma de la veintena de casas que hubo allí. Al final de la calle una iglesia comida por la vegetación y señalada por el ser humano. El silencio, en Aldealcardo, es atronador. Nada queda de lo que fue aquello, solo el recuerdo.

Salimos de Aldealcardo y continuamos nuestro camino. La parada siguiente va a ser Yanguas, pero alargando hasta Diustes. Al llegar a Yanguas invertiremos el itinerario poniendo a Diustes primero. Menos mal, y ahora os cuento porqué.

Diustes y su hayedo

En San Pedro Manrique, en esos 20 minutos de explicación por parte de quien trabaja en la oficina de turismo, me cuentan que Diustes es un lugar mágico, un pueblo precioso que se encuentra a 8 kilómetros de Yanguas y que merece mucho la pena visitar. Se apunta, en esa conversación, que en Diustes hay un hayedo precioso y que ahora en otoño es pura fantasía. Escucho hayedo un 30 de octubre y mis ojos empiezan a brillar. Tengo que llegar allí.

Llegamos a Yanguas cuando pasan las cinco de la tarde. El día empieza a morir a las 6. Diustes está a 8 kilómetros que suponen unos 10 o 15 minutos de conducción. No podemos visitar Yanguas primero. No podemos hacerlo porque llegaremos a Diustes cuando ya sea noche cerrada, y el hayedo, como me lo imagino, solo está así en otoño. Insisto en ir hasta Diustes primero, y eso es lo que hacemos.

La carretera, casi camino, muere en la localidad hacia la que nos dirigimos. Encontramos pequeñas aldeas, campos de cultivo y algún tractor. Los kilómetros pasan lentos. Ahora uno. Un rato después otro. Más tarde el tercero. Así hasta llegar casi a los ocho, cuando de pronto la montaña deja de ser verde oscuro para convertirse en naranja. Una franja de color caldera pinta el monte, como si un impresionista hubiese venido y hubiese dado un brochazo gordo y otro puntillista hubiese ido marcando, aquí y allí, zonas de color mas claro. Sí, creo que hemos encontrado el hayedo.

En un momento determinado dejamos de estar rodeados por un espacio vació y la vegetación se apodera de nosotros. Árboles de un tamaño considerable aparecen a un lado y otro de la carretera y lo parduzco de la tierra se convierte en coloro oro de las hojas afectadas profundamente por el otoño.

Unos centenares de metros después, a nuestra izquierda, aparece la indicación del hayedo. Seguimos un poco más allá, hasta llegar al pueblo. Dejamos el vehículo en la entrada de la localidad y descendemos hasta la calzada, mojada por la tormenta que ha tenido lugar solo un par de horas antes. Diustes se ve como una aldea de piedra y niebla, también agua, y mucha paz.

Son pocas las calles que conforman la localidad de Diustes, hay unas que suben, otras que bajan, cuestas empinadas y calzadas invadidas por al vegetación. Un señor trabaja en la puerta de la casa y mantenemos una breve conversación. Le explico lo bello que me parece todo aquello, lo bonito que es el pueblo y lo alucinante que es el entorno. Me dice que si ya he ido al hayedo y le cuento que no, que lo haré seguidamente, pero que primero quiero ver el pueblo. El me dice que desea que me guste Diustes y nos deseamos un feliz fin de jornada. Sigo caminando, desciendo una calle empinada y mojada y llego a un riachuelo. Giro la cabeza a la derecha y frente a mí aparece una de las estampas más bonitas que veré en todo este el viaje.

El pueblo de Diustes invita a quedarse, a respirar hondo, incluso invita a la reflexión de lo que es la vida y cómo nos la tomamos. Por mi cabeza pasan muchas cosas mientras paseo en soledad por allí. Me encuentro, súbitamente, con JJ atravesando el puente. Le digo que se venga donde estoy yo y observe la estampa. Estamos unos minutos allí, callados, con la mirada fija al frente.

La luz se pierde a pasos agigantados. Decidimos ir hasta el hayedo, a pocos metros, y subidos en la Agrovan. Dejamos allí la furgo y desciendo, emocionada, porque la estampa que se esconde una vez has descendido la primera cuesta y llegas al área de descanso es verdaderamente bonita.

Este hayedo tiene un total de 50 hectáreas y lleva allí miles de años. Los hayedos son lugares mágicos y debajo de las ramas que salen de los altos troncos todavía llueve. Una mullida alfombra color carmesí suaviza mis pasos y en mitad de aquel bosque el silencio me acompaña. Qué lugar tan precioso, qué época tan preciosa para visitarlo, y qué lástima no disponer de más tiempo. Qué lástima no poder quedarnos allí, además. Tenemos que ir hasta Yanguas y después descender. Adiós Diustes, quiero volver.

Yanguas, a oscuras y bajo la lluvia

Yanguas es uno de los pueblos más bonitos de España. En su silueta destaca el castillo, construido en tapial de argamasa, algo muy poco común en la zona pero que fue herencia de los moriscos y que hizo esta fortaleza más duradera, y que estuvo habitada hasta el año 1600, más o menos.

De lo bajo a lo alto, Yanguas se presenta al visitante con una puerta, conocida como del Río, y que se sitúa sobre la antigua muralla. Esa puerta la vemos antes, cuando pasamos de largo y nos dirigimos a Diustes. Ahora en Yanguas es ya oscuro y empieza a llover, pero nosotros no desistimos y queremos dar un paseo por la localidad.

Nos dirigimos hasta la plaza donde se encuentra el Ayuntamiento, conocida como plaza de la Constitución. Allí vemos un edificio que data del siglo XVIII hecho en mampostería y nos acercamos a la puerta de la oficina de turismo, sin más pretensión que deambular abrigados por los soportales. En ese momento una chica nos dice si estamos buscando la oficina, le decimos que no, y ella nos dice que es la que trabaja allí. Yo le pregunto – y es que me han dicho en San Pedro Manrique que es ella la que tiene las llaves – si el castillo está cerrado. La chica me dice que justo iba a abrirlo ahora, que vayamos.

Nos encontramos, entonces, con un hombre y una mujer. La chica de la oficina nos explica que el castillo no tiene luz pero que igualmente vamos a visitarlo. Es oscuro y llueve. Protegidos por los paraguas caminamos dejando atrás la iglesia de San Lorenzo, gótica, de principios del siglo XVI, y mientras la chica nos va explicando cosas de la localidad llegamos al castillo.

Abre las puertas con la llave y nos refugiamos, después de pasar rápidamente por el que fue el pati de armas, en la torre del homenaje. Nos alumbramos con las linternas de los teléfonos móviles, dejamos los paraguas apoyados en los viejos muros de la construcción y nos disponemos a subir hasta lo más alto. Al salir, llueve, pero tenemos la imperiosa necesidad de asomarnos y ver Yanguas por la noche desde lo alto. Y la luna, que ilumina todo.

La foto, hecha con el teléfono.

La chica nos sigue explicando cosas sobre el castillo, sobre la zona, y hablamos de otros temas que tienen que ver con el turismo rural y los modos distintos de viajar. Salimos del castillo, después de un buen rato, y nos paramos ante él para seguir hablando. El hombre y la mujer se despiden y siguen su camino y nosotros acompañamos a la chica a la oficina mientras seguimos hablando. Jamás de los jamases nos habíamos encontrado en una situación como esta, en la que abriesen un monumento a 4 personas – que inicialmente eran dos –, y siendo oscuro y bajo la lluvia. A esto se le llama pasión y buen hacer. Y encima gratis.

Damos un pequeño paseo por Yanguas aprovechando que la lluvia remite. Admiramos algunas de sus casonas iluminadas de manera tenue y decidimos marcharnos. Queríamos terminar el viaje esa misma jornada pero el asunto se ha dilatado. No lo ha hecho tanto como nos hubiese gustado, pero más de lo que habíamos planeado. Es oscuro aunque no tarde – no serán más de las siete – y pensamos que tal vez será buena idea pasar por Soria, de nuevo y por tercera vez.

De camino a Soria y desde Yanguas dejaremos muchas cosas interesantes atrás, pero es que ya es imposible seguir haciendo visitas. Noche cerrada, lo mejor es meternos en un bar de la capital de provincia y tomarnos unos pinchos y una caña. Las calles se cortarán al día siguiente por la procesión de las ánimas. A mí me gustaría estar en Soria, algún día, y en esas fechas. Esta vez no podrá ser, pero igual es en una próxima, en un futuro que no sé decir si será lejano.

Un breve paseo por Soria para admirar su románico desde la galería, y nos subiremos de nuevo a la furgo. Avanzaremos algunos kilómetros, hasta llegar de nuevo a Aragón y allí, a los pies el Moncayo, cerca de Magallón, dormiremos acompañados de muchas otras gentes que han decidido viajar como nosotros – o nosotros como ellas. A la mañana siguiente pondremos punto y final a estas aventura que ha sido tan enriquecedora para nosotros.

San Baudelio.

Soria es infinita, maravillosa, interesantísima. Siempre recordaré aquellas palabras de aquel colega que me dijo aquella vez que en Soria no había nada. Lo negué aquella vez y lo negaré mil veces, siempre.

Información adicional

Las Tierras Altas de Soria tienen mucho para ver y disfrutar. En una jornada no podrás abarcar todo lo que te ofrece, y esta es una ruta corta, improvisada pero muy satisfactoria. Nos hubiera gustado poder visitar muchos otros sitios, pero esto no es una carrera, y el viajar no va de ir tachando listas – no nuestro viajar. Así, te recomiendo que si tienes interés por hacer una ruta semejante por las Tierras Altas de Soria te acerques a las oficinas de turismo del lugar y allí te informarán muy bien.

Aldealcardo.

Piensa que para visitar las Tierras Altas de Soria necesitarás tres días como mínimo – y es lo que yo calculo después de haber pasado un día por allí. Organiza bien tu viaje y busca las opciones que más se adapten a tus gustos si no tienes demasiado tiempo para hacer la ruta. La que aquí te muestro es solo una de las múltiples opciones que tienes para organizar el recorrido, solo deseo que nuestra experiencia te sirva de ayuda y, sobre todo, que te anime a visitar esta parte de Soria.

Te dejo un par de enlaces que pueden servirte para organizar tu propio viaje.
https://www.sorianitelaimaginas.com
https://mancomunidadtierrasaltas.es


Una filósofa y un politólogo que amana viajar y lo hacen a pesar de los pocos recursos que tienen. Viajar es más que un capricho, viajar es una necesidad y aquellos que somos pobres en un primer mundo de opulencias tenemos derecho también a realizar nuestros sueños viajeros. Porque los pobres también viajamos.
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2 pensamientos en “Un paseo por las Tierras Altas de Soria

  1. Me encanta como describes los paisajes y las situaciones, leyéndote parece que esté allí a vuestro lado disfrutando del viaje.
    Si volvéis por Magañame haría mucha ilusión poder conocerles e invitarles a una caña en el bar y enseñaros el alojamiento rural y la tienda que también tenemos.
    Toñi Santana

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