Un septiembre en la Provenza

La Provenza es uno de los destinos más visitados del mundo. Leo en un libro que junto a la Toscana y California, es de los territorios más codiciados por los viajeros. La Provenza se visita, sobre todo, en verano, y por los campos de lavanda. Pues bueno, septiembre – e intuyo que todo el otoño – es una gran época para visitar esta parte de Francia. Ahora te cuento porqué.


Seguro que has pensado en visitar la Provenza alguna vez en la vida – si no es que lo has hecho ya. Las imágenes de esta bella región francesa están en la retina de muchas gentes, con los campos de lavanda pintando de colores azul malva gran parte del territorio, con esos cipreses despuntando en los llanos, con los altos plátanos abrazando las entradas de los pueblos.

Un atardecer en la Provenza

Piedra y color se unen en la Provenza; no es baladí, claro, que muchos pintores se quedaran allí. Recordemos a Van Gogh, que quiso marcharse de lo gris de París y en un año en la ciudad de Arles – más otro tiempo parecido en Saint-Rémy-de-Provence encerrado – produjo una cifra cercana a las 500 obras pictóricas. Lo que le pasaría por la cabeza a Van Gogh se entiende mucho mejor si se viaja a la Provenza, si una se sienta en Arles a tomar un pastís en cualquier terraza – mejor si venden tabac, que es más barato – y observa el entorno. La luz, en la Provenza, es distinta. No era cosa de la cabeza de Van Gogh, no. Aquello es como lo pintaba: pura luz y puro color.

Un cuadro de Van Gogh en Saintes-Maries-la-Mer

La Provenza es romanticismo, en el sentido estricto de la palabra. Petrarca fue a llorar la pérdida de su Laura a Fontaine-de-Vaucluse. El valle cerrado. El agua surge no se sabe bien cómo y se desparrama en forma de Sorgue. Aguas límpidas y paisajes verdes, ruinas de castillo y la suposición de la casa de Petrarca y su locus amoenus particular donde un día de septiembre se escucha, a duras penas, el sonido de los pájaros y el murmullo del agua.

Fontaine-de-Vaucluse y una de sus ruedas.

Las carreteras sinuosas de la Provenza – porque las carreteras de la Provenza son trenzas mal peinadas – atraviesan valles y campos labrados, algunos de olivos, otros son viñedos, en muchos se cultiva lavanda. Esas carreteras, casi caminos, te llevan de un pueblo a otro, algunos en el llano, muchos colgados en la ladera de la montaña. Está el famoso Gordes, que no me gusta tanto. Casi olvidado no hace muchos años, hoy en día es uno de los mayores recursos turísticos de la zona. El aparcamiento inmenso de los alrededores y los 4 euros que te cobran por estar allí una hora (aunque si quieres tienes 30 minutos gratis que son suficientes) lo atestiguan. Sénanque, en septiembre, es piedra y verde, y mucho azul que no es cielo sino Klein. Nada de malva lavanda, pero qué más dará. También Rousillon, tintado de ocres que cubren los lienzos de tantos y tantos cuadros. Rousillon es explosión de color, ultrasaturado. Allí lo caldera es principal.

He mencionado antes Saint-Rémy, el final del camino del malogrado Van Gogh. Su mercado, los miércoles por la mañana, es uno de los acontecimientos más importantes de la semana. Aquello está a rebosar, pero un rebosar gustoso, goloso, muy epicúreo, muy disfrutón. Hay que ir un miércoles a Saint-Rémy y comprar muchas especias, y queso y jabones, y algo de comer, y probar todo lo que te dan a probar, y oler. Y después pasear por calles que se mantienen provenzales, muy provenzales. Eygalières es también muy provenzal, con menos gente, pero también con cuestas, y vistas a los Alpilles.

Los Alpilles, esos pequeños Alpes, te acompañan en gran parte del recorrido y con el sol menos caliente que en verano da gusto mirarlos desde cualquier punto en el que te encuentres. Se entiende el amor que se tiene por los Alpilles; Francia es muy llana excepto en algunos de sus extremos, y a veces se necesita un cortante para desmontar la monotonía. Puedes perderte por ellos, también por el Mont Ventoux, que sopla todo el año, pero más en esta época en la que lo verde se convierte en oro y todo muta.

Saint-Rémy-de-Provence y los Alpilles al fondo.

Está también Les-Baux-de-Provence (5 euros de aparcamiento mínimo a no ser que te busques la vida), arriba, muy arriba, en lo alto de un pico. El castillo está a medias, las calles son cortas pero empedradas. Mucha tienda de souvenir pero rincones encantadores. Piedra pura, Les-Baux-en-Provence es piedra pura, y un entorno que me recuerda a mi entorno natural, el del Maestrat. Hay mucha escalera, en Les-Baux, pero cómoda de subir. Casi te diría que te perdieras por sus calles, pero es tan pequeño que te encuentran rápidamente.

Les-Baux-en-Provence

Hay mucho hit en la Provenza, mucho must viajero, pero hay otros sitios que ni son hits ni son musts y valen la pena igual. Te puedo decir un lugar, Malemort-du-Comtat, que agota el verano con un mercado de productores en una pequeña plaza del pueblo. Un gran ambiente con no muchas personas, en un pueblo que es poco monumental pero muy bonito. Y así se suceden los pueblos en la Provenza, porque como he dicho, esa trenza mal peinada que son las carreteras provenzales te hacen pasar por uno y otro pueblo. Si el tiempo humano fuese infinito pararías en todos y cada uno de ellos, y te estarías allí tanto tiempo como pudieses, que sería el que el cuerpo te pidiese en ese momento.

Poetas y escritores han pasado también por allí. Cabe recodar a Mistral, que no pasó sino que fue en y de la Provenza y lucho por su lengua, el provenzal, que no creo escuchar en ningún momento. Una lástima, aunque la encuentre escrita en algunas placas que recuerdan momentos y personas. Hay que pensar también en Camus, que descansa en Lourmarin – aunque nosotros, esta vez, no lleguemos hasta allí. Los paisajes, las tierras y las gentes de la Provenza han inspirado lo más humano de los humanos, lo más arraigado. La Provenza es tradición, mucha, es también historia, desde Roma hasta la Edad Media, pero es más lo que se hace y vive que no lo que ha acontecido, aunque el acontecimiento haya sido trascendental.

Claro, Arles es Van Gogh, pero es también Roma con su anfiteatro, su teatro, sus Campos Elíseos, sus calles subterráneas. Y después está Avignon, que es Edad Media pura y dura con el Palacio de los Papas y el recuerdo velado por la Iglesia de Benedicto XIII. La curia romana no quiere oír hablar de él, para ellos Benedicto, el número trece, el que se mantenía en esas mismas – o nosotros nos mantenemos en ellas justo por él – es un Antipapa. Benedicto, que se crió en Illueca – Zaragoza –, pasó por Avignon y acabó sus días en Peñíscola – Castelló. De castillo en castillo, de palacio en palacio, y un Cisma de por medio. Vaya vida.

Arenas de Arles.

Avignon es también su puente del que solo queda un parte porque el Ródano es salvaje, aunque el ser humano ha conseguido domesticarlo – o eso parece – a su paso por la ciudad, en la que no solo importa lo medieval sino también el teatro. Parece ser que el ambiente que hay en verano con la celebración del evento es impresionante. En Avignon Petrarca conoce a Laura – si es que ella llegó a existir, claro – y se obsesiona con ella. Amor romántico y un poquitín tóxico.

El Palacio de los Papas en Avignon

Hay que salir de Avignon y acercarte hasta Villeneuve-lès-Avignons, vecina y gemela – en parte – de la Ciudad Papal. Villeneuve es provenzal a más no poder – también hay mercado, los jueves, extramuros -, con un castillo que hoy resta bien conservado, y que mira desafiante a su vecina de aires altaneros. Parece ser que la nobleza, el brazo terrenal del poder, quería desafiar al brazo divino del mismo, a la Iglesia, y construye una ciudadela a imagen y semejanza de la de Avignon. Tal vez Villeneuve pueda ayudarnos a hacernos una idea de cómo era Avignon en aquellos tiempos, antes de que cayesen alguno de sus muros y Viollet-le-Duc los volviese a levantar.

Villeneuve-lés-Avignons desde Avignon.

Claro, y repito, la Provenza son hits y musts, pero son también pueblos menos conocidos que a bellos no les gana nadie. Me refiero concretamente a Lacoste, un lugar que sí, sueña pijo – y es pijo hoy en día. Lacoste estaba allí perdido y llegó un diseñador, Pierre Cardin, que se hizo con el castillo. En el castillo de Lacoste estuvo Sade, sí, el Marqués, cobijándose de sus perseguidores después de los escándalos marselleses. Hoy el recuerdo de Sade se mantiene vivo en el castillo, rodeado de obras de arte que hacen de él un lugar especial. Pero es que aunque Pierre Cardin haya hecho subir los precios en el pueblo, las gentes se quejen, y todas las cabelleras que se pasean por las calles de la localidad brillen más que el mismo sol, Lacoste es un sitio digno de visitar. Intuyo – porque como digo, el tiempo humano es finito – que todos los pueblos provenzales que rodean al pueblo provenzal de Lacoste merecen mucho la pena.

Sade y el castillo en Lacoste.

Sí, la Provenza es tradición, y más tradición que en la Camarga – la provenzal, porque hay otra, vecina y occitana – no sé si la hay. Allí es todo puro toro, pura marjal. Perderse por la Camarga es perderse por esos cabellos salvajes que se separan de la trenza mal peinada. Verde, agua, flamencos rosa, muy muy rosa, reses de cuernos extraños, caballos tan blancos como el de Santiago. La tradición allí se palpa, se siente, casi que empalaga. Acercarse hasta Saintes-Maries-de-la-Mer es casi obligatorio, por ver su iglesia fortificada, pero también por su historia que cuenta que dos Marías, de Cleofás y Salomé, pero también Magdalena. Además de Sarah, la Virgen Negra. Para rendir culto a esta última se reúnen los gitanos de todo el mundo desde hace más de cien años. Saintes-Maries-de-la-Mer está en las Bocas del Ródano, donde este escupe su agua al mar en forma de delta. Allí se acaba la Provenza – o empieza – y se toca con Occitania.

En Occitania pueden interesarte Aigues-Mortes, vecina de Saintes-Maries, o Nîmes, vecina de Arles, pero esa es ya otra historia que se da a medias en esta semana de septiembre en la Provenza que da para lo que da. Porque claro, no quieras ver la Provenza en seis días y al séptimo descansar. Eso es imposible. La Provenza no se visita, la Provenza se vive. Tal vez sea interesante – porque como he dicho, el tiempo humano es finito – descubrir la Provenza por etapas, como el Camino de Santiago que también pasa por allí – uno de tantos, claro. No quieras abarcar todo el territorio en siete días, a mi juicio es imposible. Tal vez para ver toda la Provenza necesites pasar un verano en ella, o tal vez un otoño, o un verano que se está convirtiendo ya en otoño. Entero. O tal vez un año, como aquel escritor que se ha hecho tan célebre justo por hablar de su experiencia en esta parte de Francia.

Como los pintores que llegaron a la Provenza, aquí he trazado en mi lienzo virtual algunas pinceladas gruesas y coloridas, casi infantiles – pero no menos interesantes – que son las que mis ojos han percibido. Sobre la Provenza tengo mucho que decir, se va a dilatar en el tiempo mi historia allí. Seis días han sido suficientes para llenar mi mente de recuerdos y hacerme ver que esta región histórica de Francia no es codiciada en vano. La Provenza vale la pena todo lo que hayas escuchado, leído y visto sobre ella, y vale la pena más allá del verano. Intenta pasar aunque solo sea una semana de septiembre en ella.

Una filósofa y un politólogo que amana viajar y lo hacen a pesar de los pocos recursos que tienen. Viajar es más que un capricho, viajar es una necesidad y aquellos que somos pobres en un primer mundo de opulencias tenemos derecho también a realizar nuestros sueños viajeros. Porque los pobres también viajamos.
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