Castilla la Mancha,  Ciudad Real,  España

El ocaso perfecto entre los molinos de viento de Campo de Criptana

La gente suele preguntar cuál es el mejor atardecer que has visto en tu vida. Yo tengo algunos de preferidos, y éste está entre ellos. Otros son los que puedes presenciar en La Albufera de València, y el tercero uno que viví conduciendo por la Bretaña Francesa.

Antes que nada, quiero introducir una pregunta: ¿por qué me encontré con un atardecer así? No lo sé. Será que la Mancha es, en su mayor parte, territorio llano. Será ésa la razón por la cual la luz se ve distinta ahí. Donde yo vivo las montañas – más bien las sierras -, aunque no muy altas, se comen parte de la luz del atardecer. Los colores no son tan rojizos, tan anaranjados. Esas tonalidades se esconden tras el horizonte, se van al oeste y no se dejan ver aquí, cerca del Mediterráneo. Tal vez sea eso lo que me sorprendió tanto de este atardecer, uno de los mejores atardeceres de mi vida.

Llegar a él no fue fácil. Bueno, en realidad sí lo hubiera sido haciéndole caso al sentido común o a las señales que nos encontramos por el camino y no al maldito aparato GPS que sí, te salva de algún apuro, pero te mete en muchos otros. Y es que al llegar a Campo de Criptana subir hasta el cerro se convirtió en un carrera a contrarreloj por algunos de los caminos de los alrededores de la localidad. Haced caso a las señales y dejad de lado la tecnología.

Nosotros veníamos de Puerto Lápice, de visitar la venta del Quijote, un lugar que nos gustó mucho. Nos quedamos sin visitar el pueblo, yo quería ir hasta Campo de Criptana para ver el atardecer. Puse el destino en el GPS y en éste aparecía el tiempo que me quedaba hasta mi destino; yo ya veía que, a primeros de diciembre, igual llegaba cuando estaba todo oscuro, así que no podía bajar el ritmo, sin prisa pero sin pausa. A mi espalda el sol iba bajando más y más, los minutos pasaban. En esto de los atardeceres el tiempo es vital. El momento perfecto no dura más de un instante, y y o a veces soy muy cabezona: se me había metido entre ceja y ceja ir allí. No podía hacer más.

Y, ¿por qué quería ir a Campo de Criptana a presenciar un atardecer? El asunto fue cuestión de intuición y una experiencia previa que había tenido allí años antes. La historia viene de cuando asistí a un Viñarock años antes – unos cuantos ya – y de regreso a casa nos desviamos y fuimos a parar a Campo de Criptana. Ésa fue la primera vez que vi ante mis ojos molinos de viento, y un número tan grande. Siempre había tenido muchas ganas de verlos pero la oportunidad no se presentaba, hasta ese día. Quise volver, tiempo después, con JJ – él a esas cosas como el Viña no va – pero una tormenta terrible nos lo impidió. Bendita tormenta, igual en el futuro no hubiese ido a la hora del ocaso.

Con estos pensamientos en la cabeza, con el recuerdo de aquellos molinos monumentales, nos íbamos acercando, poco a poco, a Campo de Criptana. Una señal nos indicaba que quedaban unos pares de kilómetros hasta nuestro destino, pero el tiempo no se detenía y parecía que el espacio se estirase como un chicle – maldito Einstein y maldita relatividad. Allá, a lo lejos, sobre un cerro, iba enroscándose el pueblo y en lo alto de todo, cerrando el tirabuzón, los molinos, pero me daba la sensación que no llegábamos nunca.

¡Gigantes, Sancho! ¡Gigantes! Más o menos son estas las palabras que profirió Don Quijote cuando se postró frente a los molinos de viento. Dicen que por el número que menciona Cervantes en su obra cumbre el lugar de los molinos era éste: Campo de Criptana. Junto a los de Consuegra, el conjunto de molinos de viento de Campo de Criptana es uno de los más numerosos que se conservan todavía hoy en día en la Mancha. Algunos de ellos aún están en funcionamiento, o más bien siguen funcionando, ya que no se los utiliza con el fin para el que fueron pensados. Hoy los molinos de viento son una atracción turística y algunos funcionan como museo. Pero ya no muelen, ya no suplen la falta de agua por la acción del viento.

Los molinos de viento de Campo de Criptana son del tipo torre, construidos en mampostería y pintados con cal. Su planta es circular y en lo alto tienen unos ventanucos que sirven para conocer la orientación del viento y, así, girar la cubierta cónica a la que están adheridas las aspas de modo que el viento pueda hacer su función. El movimiento de la cubierta se hace gracias al palo enorme de madera que parece que esté sujetando los molinos.

En su interior los molinos tienen tres plantas, econtrándose en la superior las piedras para moler y en las inferiores el espacio de almacén y embalaje.

Nosotros, esta vez, no íbamos a ver los molinos por dentro, ni el museo dedicado a Sara Montiel que está ubicado en ellos – no sé si sabes que Saritísima era de aquí. Esta vez yo lo que quería era disfrutar de un atardecer de escándalo. Y vaya si lo hice.

¿A qué viene ese amor por los molinos, Marina?

Conseguimos, finalmente, llegar al cerro. Frené bruscamente y le dije a JJ: Dame la cámara y aparca tú. Frente a mí estaban aquellos gigantes blancos de enormes garras y un cielo que comenzaba a teñirse de tonos malvas.

El espectáculo sólo acababa de comenzar. Los minutos que durase ese atardecer iban a ser mágicos y yo iba a sacar humo a la cámara de fotos e iba a estallar de júbilo.

Recuero perfectamente, en este momento que escribo y más de medio año después de aquéllo, la sensación que tuve al ver pintarse de esos colores el cielo manchego para que acabase estallando el firmamento en un color naranja fuego brillantísimo. Hasta las nubes se habían puesto allí para hacer del espectáculo algo más grandioso. No me podía creer que estuviera teniendo tanta suerte.

¿Sabéis como se define la belleza? Cuando hablo de este tema introduzco siempre el nombre de Kant que, no siendo mi filósofo favorito – muy cuadriculado él – sí tiene una crítica al juicio estético maravilloso – y que le supuso grandes quebraderos de cabeza. Si decido siempre mencionar a este pensador y no a otros es porque cuando estoy frente a un espectáculo así me vienen a la mente las clases que di en la Universidad al respecto de este tema. La asignatura se llamaba Crítica del Judici Estètic y no era para nada fácil, pero sí hermosa. La cuestión, que el profesor, para definir el concepto ya no de belleza, si no de lo sublime, ponía como ejemplo un espacio natural que nos produjese impacto, que nos golpease muy dentro de nosotros. Algo que sobrepasaba nuestra propia sensibilidad, que nos copaba. Pues tal vez esta vez la definición de lo sublime estaba frente a mí. Y de lo sublime como toca, con la belleza como fiel compañera – Kant aquí se hizo la picha un lío para no contradecirse con su Crítica de la razón pura, pero eso es ya otro tema.

El día se iba apagando, el cielo también. De una luz cegadora a lo lejos pasamos a tener un cielo de colores delicados, casi pastel, como pintados por un impresionista. Los molinos se dejaban pintar también por los colores del firmamento. Su blancura, aún no iluminada por los focos que los hacen brillar por la noche, se veía alterada por los reflejos del color del cielo.

Cuando el golpetazo de belleza estaba perdiendo su efecto o, mejor dicho, iba estabilizándose, decidimos acercarnos hasta la oficina de turismo. Sabíamos que los molinos se podían visitar pero ya había cerrado – como he dicho, no me interesaba eso –, pero quería saber qué más había por ver en el pueblo. Yo recordaba que las calles aledañas a los molinos eran bastante pintorescas. En la oficina me dijeron que aparte de los molinos poco más había por ver allí. Me quedé a cuadros. Di las gracias y decidí que era momento de caminar un poco por los alrededores.

El recuerdo que tenía guardado en mi mente no se vio alterado por la realidad: esa parte de Campo de Criptana seguía siendo tan bonita como recordaba. Otra vez casas encaladas, otra vez añil y rejería. Y el cielo de colores. Y los molinos a lo lejos.

Otra vez me quedé parada, ahí, observando aquello. Esta vez los molinos se veían desde otro ángulo. La perspectiva hacía que mi mente se volviese juguetona y se imaginase a aquellos gigantes surcando las olas de un mar encalado.

Los molinos, según como los miraba, se me representaban más como unos anticíclopes: un ser con muchos ojos y una sola boca. Los veía como una suerte de animal mitológico que tiene mala fortuna y se vuelve malvado. Algo semejante a un ángel caído, a un desarrapado, un expulsado del paraíso. El momento era satisfactorio que emborrachaba mis pensamientos.

La oscuridad iba ganando terreno. Podíamos ver gracias a que los molinos estaban perfectamente iluminados. Qué juego de sombras, qué juego de luces. Aspas reflejadas en la blanca piel de la torre. La fantasía, aún siendo ya casi totalmente oscuro, seguía presente.

Nuestro tiempo allí estaba llegando a su final. Yo sabía que teníamos que marcharnos, todavía nos quedaba un buen trecho hasta regresar a casa. Pero, ¿cómo iba a marcharme si el espectáculo seguía? Show must go on, que cantaba aquel maltrecho artista.

Vale, sí; tenía que aceptarlo. Debía despedirme del festín visual. Pero es que él no quería irse del todo, y yo no quería apartarme de su lado. Tuve que dar un último vistazo, hacer una última foto, exhalar un último suspiro.

Decíamos adiós a Campo de Criptana. Decíamos adiós a la Mancha. O tal vez fuese un hasta luego Dos días habían dado para mucho y éste había sido el broche final a un fin de semana de escándalo. Siempre lo digo, siempre lo diré: quien no conoce la Mancha no sabe lo que se pierde. Más allá de Cervantes – aunque esté muy presente –, la Mancha es una delicia para el viajero.

Pues parece que al final sí había gigantes.

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Qué más puedes encontrar en Campo de Criptana

Te dejó en el enlace siguiete [http://www.tierradegigantes.es/] la web de turismo de Campo de Criptana para que aprendas un poco más sobre la localidad y los eventos que allí se realizan.

Una filósofa y un politólogo que amana viajar y lo hacen a pesar de los pocos recursos que tienen. Viajar es más que un capricho, viajar es una necesidad y aquellos que somos pobres en un primer mundo de opulencias tenemos derecho también a realizar nuestros sueños viajeros. Porque los pobres también viajamos.

6 Comentarios

  • Patry

    Qué curioso. En ese mismo lugar viví un atardecer tan grandioso como el tuyo y sentí exactamente lo mismo. Será el lugar que está destinado a que los viajeros vivamos este tipo de atardeceres(sublimes) en este lugar?

  • Rocío

    Una pasada, vaya abanico de colores y vaya fotazas. Lo que más me gusta de estos momentos es todo aquello que te llevan a pensar, es como si los últimos rayos de luz se metieran en lo más profundo de tus pensamientos para sacar justo en ese momento a relucir lo bonita que es la vida y lo agradecidos que tenemos que estar por ver estos regalos para nuestros ojos, y nuestros recuerdos.

  • Rocío

    Una pasada, vaya abanico de colores y vaya fotazas. Lo que más me gusta de estos momentos es todo aquello que te llevan a pensar, es como si los últimos rayos de luz se metieran en lo más profundo de tus pensamientos para sacar justo en ese momento a relucir lo bonita que es la vida y lo agradecidos que tenemos que estar por ver estos regalos para nuestros ojos, y nuestros recuerdos.

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