Ocaña y Peribáñez

Cuando viajas surgen situaciones inesperadas que añaden valor a la experiencia. Esas situaciones, a priori de carácter negativo, acaban convirtiéndose en anécdotas que enriquecen la vida y hacen que recuerdes los viajes, por pequeños que sean, con un cariño especial. Éste es el caso que nos va a ocupar en las próximas líneas, la experiencia vivida en Ocaña, un bonito pueblo toledano que nos sorprendió y no por su hermosura.


Corría el verano de 2015, estábamos a mediados de agosto y se celebraban las fiestas patronales en Traiguera, el pueblo de Juanjo. Unos meses antes se habían celebrado elecciones municipales y JJ se presentaba a ellas como concejal. Resulta que salió elegido: nuestra vida daba un giro enorme. Aunque no lo creáis, el ser concejal en un pueblo supone mucho trabajo – no remunerado – y nos dimos cuenta que en ese momento eso de viajar iba a quedar en un plano secundario, o más secundario aún que antes.

Como os digo, eran mediados de agosto y recuerdo que ese día se celebraba la fiesta de disfraces. Yo no tenía ganas de disfrazarme – ya es raro en mí eso – pero JJ decidió disfrazarse de Fredy Mercury, de modo que mientras el iba arreglándose yo mataba el tiempo ojeando el Facebook. En una de ésas en la que pasas sin prestar atención publicaciones diversas, vi el nombre de JJ destacada en la publicación de una página de viajes que ambos seguíamos. En ese momento le dije: ¿has mirado el Facebook? Y él me contestó: No, ¿por qué? Y yo le respondí: míralo.

JJ entró en su perfil de Facebook. Sus ojos se abrieron muchísimo. Yo sonreí. Resulta que había ganado una noche de hotel con spa, cena y desayuno en un complejo etnológico de Uclés. ¿Así que eso de los sorteos era verdad? Nos fuimos de lo más contentos a la verbena y decidimos que a finales de agosto aprovecharíamos el premio.

Y así fue, pasaron las fiestas de Traiguera y vinieron las de La Jana, mi pueblo – sí, empalmamos las semanas de fiestas. Antes de que terminasen estas últimas nos subimos al coche y, previa contratación de otra noche de hotel en un pequeño pueblo toledano, pusimos rumbo a nuestro destino.

Llegamos a nuestro hotel para disfrutar de la tarde de spa, habiendo pasado anteriormente por Uclés, cenar de manera deliciosa y descansar en un sitio al que jamás nos hubiésemos acercado por cuestiones de presupuesto. A la mañana siguiente desayunamos y pusimos rumbo a nuestro siguiente alojamiento – íbamos a estar solo 2 noches fuera de casa, nos era imposible más tiempo – no sin antes aprovechar el camino – o desviarnos del mismo – para visitar algunos lugares en los que jamás habíamos estado.

Ese día pasamos por 3 lugares de Madrid que no eran Madrid – esto es, la capital. Nos acercamos a Colmenar de Oreja, Chinchón y Aranjuez. Recuerdo el calor insoportable que caía sobre nuestras cabezas esos últimos días de agosto, el sofoco que sentíamos al caminar por Chinchón o por los jardines de Aranjuez. Aquello parecía el infierno. ¿A quién se le ocurre viajar a esos lugares en pleno verano? Pues a nosotros, que una no viaja cuando quiere ni a donde quiere, sino cuando puede y a donde puede.

Tras nuestro paso por Madrid entramos de nuevo en Toledo y llegamos a nuestro alojamiento en Villarrubia de Santiago, una pequeña localidad cercana a Ocaña. Resultó que en Villarrubia de Santiago empezaban, esa misma noche, las fiestas patronales. De eso ya íbamos servidos y decidimos ir hasta Ocaña, pueblo del que dicen tiene una de las plazas mayores más bonitas de España.

Otra de las razones por las que nos interesaba acercarnos hasta Ocaña era por su ligazón con Isabel la Católica, y es que eso de visitar sitios históricos o por los que han pasado personajes importantes – históricamente hablando – es algo que nos gustaba hacer mucho en aquellos años, y nos sigue gustando hacer en el presente – da igual cuándo leas esto. Allí, en Ocaña, Isabel la Católica se trasladó a vivir después de haber sido nombrado reina y fue allí donde conoció al que sería su esposo, Fernando de Aragón, en un encuentro preparado; ambos estaban unidos el uno al otro mucho antes de conocerse. Lo de las monarquías y la nobleza es lo que tiene.

Pero vayamos a lo que nos ocupa ahora, y a lo que nos ocupó en aquel momento, que fue la visita a Ocaña. En ésas que llegamos al pueblo y oye, vaya problemón a la hora de aparcar. Pero, ¿qué narices pasaba? Comprendimos que había una especie de feria, mucha gente por la calle, mucho ambiente. ¿Serían las fiestas patronales también? Nos preguntamos. Ni idea teníamos de lo que estaba pasando, pero seguimos las indicaciones que nos llevaban hasta la deseada Plaza Mayor.

Ocaña se nos iba presentando tímidamente, pero no le prestábamos demasiada atención, nosotros queríamos ver esa plaza con nuestros propios ojos y, como burros, no veíamos más allá del frente. Y fue de este modo que nos acercamos más y más hasta nuestro destino, hasta que llegamos a las puertas del mismo. Y sí, digo puertas, porque esta plaza – a modo de todas las plazas barrocas que se construyeron por aquellos lares y más allá – estaba cerrada a modo de patio interior. Una de las razones por las que esto se hacía – y como vimos ese mismo día en Chinchón y veríamos al día siguiente en Tembleque – era porque las plazas se utilizaban, también, como coso taurino.

Y fuimos a cruzar las puertas, pero las puertas estaban cerradas. Bueno, no eran puertas estrictamente hablando ya que lo que había ante nosotros eran vallas, gente de seguridad y una especie de telón negro que impedía ver qué había más allá. Pero, ¿qué narices es esto? Exclamamos entre sorprendidos y frustrados. El señor de seguridad nos quitó de dudas: es que se está representando la obra teatral Peribáñez o el Comendador de Ocaña, de Lope de Vega. Se representa todos los veranos. Ostras, nos dijimos, qué guay, y preguntamos si podíamos hacernos de algún modo con las entradas. Qué va, nos dijo amablemente el señor, las entradas se agotan en un pispás cuando salen a la venta. Vaya… pusimos cara de pena. Y, ¿podríamos asomarnos a ver la plaza? El señor nos miró con semblante serio: No, lo siento.

No podíamos creer lo que nos estaba pasando. Por una parte era una situación excepcional ya que encontrarte con la representación de una obra de teatro en el mismo lugar en la que se desarrolla – y siendo esta obra del gran Lope de Vega – era algo emocionante, pero por otra parte el quedarnos sin ver la plaza de Ocaña nos jorobaba un poco. Y fue por eso mismo que no desistimos. ¿No habría ningún hueco que nos permitiese ver, al menos mínimamente, ese espacio tan célebre?

Empezamos a dar vueltas a esa plaza cuadrada por las calles adyacentes. Todos y cada uno de los accesos estaban cerrados, no había modo de asomarse a ella. Pero nosotros seguíamos dando vueltas, y en una de esas vueltas fuimos a parar a un pequeño acceso en el que parecía haber un hueco desde el que se veía algo, de modo que fuimos a probar. Cuando estábamos cerca un señor nos dijo: no se puede pasar, están haciendo una representación de teatro. Le respondimos que eso ya lo sabíamos, pero que veníamos de lejos para ver la plaza, nada más. El señor nos miró, ya no poníamos cara de pena como la vez anterior sino de resignación. Entonces nos dijo: venga, pasad, pero no estéis mucho rato. ¿Hola? ¿En serio? Le dimos las gracias al señor, decenas, centenares de veces, y accedimos a la plaza.

Ojipláticos, así es como nos quedamos. Vaya despliegue de medios había en aquel lugar. Tres escenarios, un montón de gente actuando la plaza llena de gente. La plaza… ¡qué plaza! Aquello era enorme, 55×52,5 metros, arcos, columnas, ventanales, y una iluminación exquisita. Nos sentamos en un par de sillas libres que había al fondo del patio de butacas improvisado para no molestar y nos quedamos embelesados con aquel lugar. Permanecimos un rato quietos allí flipando con lo que nos estaba pasando, no podíamos creer que nos encontrásemos en aquella tesitura, de verdad, ¡qué experiencia!

A los pocos minutos decidimos salir por donde habíamos venido, cruzando uno de esos arcos de medio punto que dan a la plaza, y agradecimos de nuevo al señor que nos dejase asomar, En ese momento nos prometimos que, alguna vez, planificaríamos la visita con tiempo y asistiríamos a la representación de Peribáñez en la misma Ocaña. Y disfrutaríamos, también, de su plaza de manera plena.

La visita a Ocaña no terminó ahí, ya que paseamos algo más por sus calles extrañamente vacías – cómo no iban a estarlo si todo el mundo estaba metido en aquel espacio inmenso que era la Plaza Mayor – e iluminadas tenuemente. Ocaña quedaría para nuestro recuerdo como una de las experiencias viajeras más chulas que jamás tendríamos. Casi 5 años después seguimos pensando lo mismo.

By Gora100 – panoramio, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=24866130

Como veis, la foto que os muestro no está llena de gente ni es nocturna. Es que la foto no es ni mía. La foto está sacada de la wikipedia y yo he perdido las fotos de ese día, es más, he perdido las fotos de ese viaje. Solo guardo aquellas que están publicadas en el blog en las distintas etapas que conformaron aquel viaje, y su calidad es nefasta por haber cambiado de plataforma varias veces. Lo que si me queda de ese viaje es el recuerdo, un muy buen recuerdo, ya que nos llevó por lugares que nos sorprendieron muchísimo. Después de Ocaña, y al día siguiente – ya regresando a casa – pasamos por lugares como Tembleque, cuya plaza es también de belleza indiscutible – y en su oficina de turismo nos regalaron un ejemplar de El Quijote –, y fue la primera vez que JJ veía molinos de viento in situ – aunque los de Tembleque sean reconstrucciones. Estuvimos también en Orgaz – otro sitio histórico – y acabamos en Consegrua, donde allí, sí, vimos molinos de verdad – yo había estado un tiempo antes en los de Campo de Criptana – y disfrutamos mucho visitando su castillo.

El cielo no pintaba bonito…

El viaje terminaba ahí, pero acabó con una tormenta brutal borró por completo el horizonte e hizo que nos detubiésemos unas cuantas veces antes de llegar a casa. No sé si lo recordáis, pero esos días de tormenta arrasaron Aranjuez.

Y esta es la historia que hoy os quería contar, una historia que recordamos con mucho cariño, que jamás os había explicado y que espero que, en algún punto de la lectura, os haya hecho disfrutar. Seguiremos viajando para poder seguir contando.

Una filósofa y un politólogo que amana viajar y lo hacen a pesar de los pocos recursos que tienen. Viajar es más que un capricho, viajar es una necesidad y aquellos que somos pobres en un primer mundo de opulencias tenemos derecho también a realizar nuestros sueños viajeros. Porque los pobres también viajamos.
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